Crónica

Rosalía

Movistar Arena

30/03/2026



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La gira que Rosalía puso en marcha para presentar ‘LUX’ llegaba a Madrid con una carga simbólica que el calendario, casi de manera inevitable, convertía en ceremonia: la Semana Santa, el lunes de una semana que en España transita entre el recogimiento y la celebración callejera, se transformaba en el escenario propicio para un espectáculo que había decidido apropiarse de la liturgia, la imaginería y el éxtasis como materiales de construcción. La cantante catalana arribaba al Movistar Arena después de una interrupción obligada en Milán por un problema de salud que había hecho temer por el arranque de sus ocho noches en España, pero la noche del 30 de marzo quedó despejada cualquier sombra de duda en cuanto su figura emergió de una caja de madera con un tutú y zapatillas de punta, como una muñeca que cobra vida para narrar su propia resurrección sobre el escenario.

El diseño del concierto se estructuraba en cuatro actos, una arquitectura operística que desde el inicio rompía con la convención del repaso de éxitos para sumergir al público en una pieza continua donde cada transición importaba. La orquesta, veinte músicos situados en el centro de la pista en forma de cruz, se erigía en un elemento central, un lujo escénico que en la anterior gira no estaba presente y que ahora aparecía como una declaración de principios: el sonido pregrabado convivía con los instrumentos acústicos en un equilibrio que daba nuevo cuerpo a canciones concebidas en el estudio. El primer acto se dedicaba por entero a las atmósferas más contenidas de ‘LUX’, con ‘Sexo, violencia y llantas’ abriendo fuego mientras Rosalía permanecía casi inmóvil, forzando la atención hacia su voz, que aquella noche se mostraba diáfana, con un control que permitía transitar desde el susurro a la proyección operística sin fisuras. ‘Reliquia’ provocaba las primeras muestras de emoción entre los asistentes, y ‘Porcelana’ evidenciaba la apuesta por una puesta en escena donde el cuerpo de la artista se movía con una precisión que recordaba tanto a la danza clásica como a la contención gestual de la imaginería sacra.

El salto al segundo acto llegaba con ‘Berghain’, una pieza que en directo incorporaba un remix que acercaba el templo tecno berlinés al recinto madrileño con una contundencia inesperada. La escenografía mutaba hacia las pinturas negras de Francisco de Goya, y Rosalía cambiaba su vestuario para adentrarse en el territorio de ‘Motomami’, esa otra etapa que en la noche convivía con la nueva sin necesidad de justificaciones. ‘Saoko’ desataba la energía contenida hasta entonces y el antiguo Palacio de los Deportes vibraba con una intensidad que se prolongaba en ‘La fama’, donde los vientos de la orquesta asumían el riff principal con una naturalidad que demostraba la flexibilidad de aquel dispositivo musical. ‘La Combi Versace’ y ‘De madrugá’ mantenían el pulso antes de que el tercer acto abriera una vía hacia el pasado más remoto de la artista.

‘El redentor’, procedente de su primer disco ‘Los Ángeles’, aparecía como una irrupción flamenca en medio de la Semana Santa que la ciudad vivía en sus calles, y aquella conexión con el tiempo litúrgico resultaba especialmente precisa. A continuación, Rosalía abordaba una versión de ‘Can’t Take My Eyes Off You’ que se integraba en la narrativa gracias a una puesta en escena que la convertía en pintura viviente, con el escenario transformado en museo y varios espectadores invitados a ocupar el rol de turistas ante la obra de arte. La entrada de la youtuber Esty Quesada como confesada en un confesionario introducía un respiro cómico antes de que ‘La perla’ desatara uno de los momentos más coreados de la noche, con el público entregado a un vals que mezclaba la ranchera con una coreografía de sombras que convertía a los bailarines en esculturas móviles. ‘Sauvignon Blanc’, interpretada desde el piano, y ‘La yugular’ cerraban este bloque con una exhibición vocal que volvía a situar la técnica al servicio de eso que los flamencos llaman duende.

El intermedio, denominado como tal en la estructura operística, llevaba a Rosalía al centro de la pista junto a la orquesta para interpretar ‘Dios es un stalker’, ‘La rumba del perdón’ y ‘CUUUUuuuuuute’, donde un botafumeiro electrónico se balanceaba sobre las cabezas del público mientras sonaban fragmentos de ‘Sweet Dreams (Are Made of This)’ en una fusión que condensaba la ambición del proyecto: lo sacro y lo club, la tradición orquestal y la pista de baile, conviviendo sin jerarquías.

El cuarto acto representaba la rendición a la faceta más expansiva de la artista. ‘Bizcochito’ y ‘Despechá’ hacían que el recinto entero se pusiera en pie, con una respuesta que llevó a Rosalía a improvisar unos segundos para comentar la conexión evidente que la catalana mantiene con la capital. ‘Novia Robot’ y ‘Focu’ranni’, dos canciones que habían quedado fuera de la versión en streaming de ‘LUX’, se colaban en el repertorio para dejar claro que la artista consideraba esas piezas parte esencial del universo que había construido. El epílogo llegaba con ‘Magnolias’, un funeral escenificado donde Rosalía, arrodillada con una capa blanca, entonaba los versos finales mientras las enormes puertas del escenario se cerraban tras ella. La ausencia del saludo típico de los conciertos respondía a una decisión consciente: subrayar que aquello había sido una obra completa, un relato con principio y final que no necesitaba del gesto rutinario para sellarse.

Lo que quedaba al salir era la sensación de haber asistido a una propuesta que se tomaba la gira con la misma seriedad que la realización de un disco, donde cada elemento escénico, desde la escalera hasta las cajas de cartón o las sábanas blancas, funcionaba como parte de un lenguaje visual coherente. La orquesta, lejos de ser un adorno, se revelaba como un personaje más en una noche donde el público había transitado desde el silencio atento hasta el desenfreno bailable sin que ninguna transición resultara forzada. Rosalía, recuperada físicamente, mostraba una desenvoltura que alternaba la solemnidad de los primeros compases con momentos de cercanía espontánea, como cuando se tocaba el moño para preguntar si lo llevaba bien colocado, rompiendo la distancia que a veces impone la grandilocuencia escénica. El concierto, en su negativa a adaptarse a las fórmulas del pop masivo, exigía una escucha amplia, una disposición a dejarse llevar por los vaivenes entre la gravedad operística y el perreo, y aquellos que aceptaron el juego salieron hablando de una experiencia que parecía diseñada para ser compartida, para ser contada, para prolongarse en la conversación mucho después de que las puertas del Movistar Arena se hubieran cerrado.

Crónica elaborada por Mario Lozano

Redacción Mindies

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