Crónica

Maruja

Wolf

11/10/2024



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La actual escena post-punk británica no para de darnos alegrías. A los interesantes trabajos de Squid, Dry Cleaning, Black Midi, Fontaines D.C. o Black Country, New Road se suman los dos EPs de esta banda originaria de Manchester pero con nombre español.

A pesar de su propuesta corrosiva y experimental, los tabloides digitales ya los consideran candidatos a uno de los debuts en largo más esperados del año que viene y son uno de los nombres que la industria busca para vendernos como la nueva sensación en los próximos meses.

Y es que la fama de este jovencísimo cuarteto no ha parado de crecer desde sus primeras canciones, editadas siempre en formato abreviado y en ediciones limitadas que seguramente se cotizarán en la reventa en breve; un pequeño milagro de la aldea global 2.0 que ha hecho que cada paso de estos mancunianos sea seguido y alabado desde Reddit hasta el NME. Este runrún también ha calado por aquí, lo que explica el cambio de sala del Heliogàbal a la Sala Wolf, más cómoda y amplia, que vendió –según nos informaron– trescientas cincuenta entradas.

Qué difícil es no sucumbir a las expectativas, porque, admitámoslo, todos queremos estar en el momento justo de la eclosión de un nuevo grupo que dé que hablar en los años venideros; una postura lógica y justa, especialmente cuando el "cementerio de elefantes" no ha parado de crecer. ¿Alguien se acuerda ya de quiénes eran Arcade Fire? Necesitamos siempre nuevos ídolos.

Con las casas de apuestas encendidas, Maruja se asomaron al escenario para bendecir a todos los neófitos que habían quemado sus EPs en Spotify y habían sucumbido a pagar treinta euros por la camiseta que vendían a la entrada de la sala.

Apegados al setlist que han presentado en su gira actual, comenzaron con 'The Invisible Man', con Harry Wilkinson descamisado, mostrando tatuajes y vistiendo la parte baja de un chándal, como si acabara de salir de una juerga de guiris en Magaluf. Eso sí, lo dio todo, con sus característicos ademanes a la hora de frasear, su constante meneo de la guitarra –arriba, abajo, un meneíto y media vuelta–, y su visceralidad, por supuesto, en cada línea que ejecutaba. Ya en estos primeros minutos eché en falta un poco más de mala baba en el clímax, que quizá se sintió algo domesticado y pulcro, restando intensidad a uno de sus mejores temas.

No ocurrió lo mismo con 'Zeitgeist', donde el grupo sí expresó perfectamente su cáustica interpretación de rock y jazz, invitando a las primeras filas a un pogo, seguido de un stage diving en el que tanto el cantante como el saxofonista, Joe Carroll, se dejaron llevar por el público.

Joe Carroll estuvo omnipresente en cada nota de la banda, donde su saxo, por momentos, canibalizaba gran parte del sonido. Sin embargo, cuando irrumpe, arrasa, como lo hizo en la brutal 'Break the Tension', que para mí fue uno de los mejores momentos de toda la noche, con toda la banda sonando como un verdadero rodillo.

Un rodillo al que, sin embargo, le faltó guitarra, prácticamente oculta tras la maraña sónica de saxo-bajo-batería. Desde esta grada, ya les recomiendo que incorporen un segundo guitarrista. Aprovecho también para dar un consejo a su cantante: por favor, deshazte de esos fraseos tan Zach de la Rocha, que en más de una ocasión me dieron ganas de subir al escenario y rapear contigo 'Bulls on Parade'. Recuerda: más Morphine, menos Rage Against the Machine.

A pesar de dibujar algún que otro momento interesante en 'Thunder' y en el último tramo de 'Kakistocracy', donde desarrollan ese contrapunto de clímax y arpegios (que tantas alegrías le ha dado a Mogwai), la sensación de la última parte del concierto, con esa jam demasiado extensa –que pedía a gritos un desfibrilador–, me dejó un sabor agridulce. Fue como si el flechazo no se hubiera consumado y faltaran algunas tardes más para redondear el cortejo.

Con todo, teniendo en cuenta el precio de la entrada y el limitado setlist que manejaban, no podemos más que seguirles la pista, porque aquí hay un grupo que, con seguridad, nos dará muchas alegrías. El Primavera Sound debe tenerlos atados ya.

Ruben

Oriundo de La Línea pero barcelonés de adopción, melómano de pro, se debate entre su amor por la electrónica y el pop, asiduo a cualquier sarao música y a dejarse las yemas de los dedos en cubetas de segunda mano. Odia la palabra hipster y la gente que no calla en los conciertos.