Cinco años separan 'AMA' de 'Clamor', un espacio de tiempo que Maria Arnal ha aprovechado para dedicarse a proyectos tan diversos como aprender cómo funcionan los modelos IA, hacer bandas sonoras, participar en la Bienal de danza de Venecia e incluso desarrollar un proyecto artístico junto al Barceloan Supercomputing center. Todas estas experiencias están presentes no solo en su debut, ya sin Marcel Bagés, sino también en su directo, donde se dan la mano las artes escénicas y la tecnología, lo analógico con lo digital, lo etéreo con lo mundano: colores tierra para las bailarinas, blanco resplandeciente para ella.
La memoria como un eco que resuena en el presente: un poema de Safo, cartas y poema de su tía, un disco holístico, mágico, dedicado a todas las mujeres de su vida, aquí representado por cinco mujeres, una de ellas embarazada con la barriga subrayada por el tiro bajo del pantalón; los instrumentos musicales reducidos a un laptop, un órgano y poco más; como principal protagonista la voz de Arnal, mutante, proteica, quizás aprehendida gracias a la residencia que hizo junto a Holly Herndon.
El sábado era una de las dos noches que presentaba en la sala Paral·lel 62 -antigua Sala Barts, antiguo Studio 54- sus nuevas canciones; expectación máxima si mirábamos arriba y abajo: lleno total, costaba encontrar hueco entre la multitud que, milagro, en tiempos de móviles y susurros eternos, se mostró en todo momento respetuosa con la artista.
Casi sin pausa, fue desmigando 'AMA' con la ayuda de un cuarteto de bailarinas y el soporte musical de tan solo un portátil que iba lanzando los ritmos y bases donde se asientan sus nuevas composiciones. Una propuesta minimalista, apenas decorada por láseres de luz y la presencia de una pantalla en la que se imprimían en blanco y negro los rostros de la cantante y sus aliadas, una auténtica matria sobre el escenario.
'Madrigal', 'AMA', 'Carta' protagonizaron los primeros minutos del show, siempre con la impresión de bascular entre lo telúrico y lo espiritual, con las bailarinas retorciendo brazos y caderas, casi como una invocación; otra veces rodeando a Arnal, imitando el movimiento de un mar embravecido donde ella emerge como si fuera espuma; entretanto un manto electrónico va acompañando a su voz, siempre bien encuadrada, libre de trucos y prestidigitación. Las nuevas composiciones encajan perfectamente con las firmadas junto a Marcel Bagés, es así cómo se explica la sueva transición entre 'Meua· y 'Meteorit ferit', entre 'Tú que vienes a rondarme' -cocinada con la ayuda del público” y 'Virgen roja', por la que fue nominada a los Goya y como sentencia ella misma “no ganó”.
Un concierto por momentos algo apresurado, preso quizás de esa tensión e inmediatez que ella misma ha impregnado a su nuevo trabajo donde las canciones apenas rozan los tres minutos, es de esa manera donde se entiende que en apenas una hora haya sacado al escenario veinte temas e incluso le haya dado tiempo a explicarnos la gestación de estas nuevas canciones. El bis, rácano, eso sí, corona la noche con la polirritmia de 'Tictac', donde vanguardia y tradición se abrazan en su garganta y lleva el refectorio al Berghain. Una liturgia nada común.
