Cassie Ramone visitaba Madrid dentro de una de esas giras que obligan a frotarse los ojos varias veces para comprobar que lo que ocurre delante de uno es plenamente real. La artista estadounidense publicó el año pasado un disco absolutamente artesanal en cada una de sus capas, un trabajo titulado 'Swetheart' en el que, con la colaboración de Dylan White, logró dar forma a un conjunto de canciones que condensan con precisión quirúrgica la esencia de su universo musical. Tanto en solitario como en sus etapas dentro de Vivian Girls o The Babies, Ramone se ha caracterizado por un modo muy personal de aproximarse a las emociones. Aquí vuelve a hacerlo a través de composiciones de sonido deliberadamente áspero, de apariencia frágil, pero atravesadas por destellos de un pop de sabor antiguo que nunca pierde su encanto. Sus canciones se apoyan en esa cualidad tan suya de mirar de frente los rincones más complicados de la experiencia emocional, aquellos en los que la oscuridad se adueña del paisaje con una fuerza desmedida.
Podría decirse que posee una sensibilidad única para apresar momentos extraños, difíciles de descifrar, y transformarlos en pequeñas píldoras musicales que cautivan desde la primera escucha gracias a su dulzura irregular y a una extrañeza que, lejos de incomodar, se vuelve acogedora. Todo ello suele enmarcarse en un imaginario que evoca con intensidad los Estados Unidos más profundos, esos lugares donde los viajes nocturnos por carretera se convierten en auténticos espacios de reflexión y donde los objetos más cotidianos nacidos de una cultura eminentemente capitalista adquieren la cualidad de símbolos capaces de despertar una nostalgia difícil de explicar. Con todos estos ingredientes tan presentes, la emoción de ver a Cassie Ramone tan de cerca en la sala Fun House era inevitablemente máxima.
Tras haber acompañado a The Pains of Being Pure at Heart durante su reciente gira por Reino Unido, la artista recalaba en Madrid en solitario, sin la compañía de Dylan White, para demostrar de manera rotunda cómo es capaz de sostener por sí misma un directo que nos conduce con suavidad hacia esos parajes agridulces donde conviven instantes luminosos con tropiezos vitales de difícil cicatrización. Con apenas un puñado de pedales, su guitarra y un ordenador en el que proyectó grabaciones muy similares a las que acompañan los vídeos de su último trabajo en YouTube, Cassie construyó un concierto que sumergió al público en un estado de ensimismamiento casi inmediato.
Abrió la noche con 'I am Going Home', una elección perfecta para fijar el tono introspectivo de su música y para recordarnos la importancia de aprender a convivir con uno mismo. La combinación entre el sonido acústico, en gran parte distorsionado, y las pistas de percusiones y guitarras rugosas lanzadas desde su portátil creó un territorio en el que las emociones parecían expandirse sin límites, un espacio liminal donde cada canción actuaba como una prolongación del ánimo que la había inspirado.
Continuó con nuevas composiciones y no tardó en interpretar la pieza que da nombre al disco. La canción que titula 'Swetheart' condensó de forma impecable esa manera tan suya de cantar con rabia desde un paisaje profundamente melancólico. Uno de los momentos más intensos de la velada llegó cuando entonó la frase Darling you used to be so sweet. La expresividad con la que la pronunció, casi como el renacer de un ave fénix que emerge de sus propias cenizas, provocó un estremecimiento generalizado, una vibración emocional que se amplificó gracias a la distorsión final que cerró el tema por todo lo alto.
También miró hacia tiempos más remotos y recuperó varias piezas de The Time Has Come, ese maravilloso EP en el que asentó un sonido tan nebuloso como reconfortante. Interpretó la canción que da título al trabajo junto con 'I am a Freak' y, ya en la recta final del concierto, una delicadísima 'I Send My Love to You'. Estas canciones, cargadas de recuerdos casi táctiles, hicieron que muchos evocaran la luz invernal que tiñe la portada del EP, una claridad suave que transmite una calidez enigmática nacida de la mezcla entre la sinceridad al exponer un amor roto y la precisión con la que escoge tonos menores capaces de envolverlo todo hasta hacernos sentir que escuchamos esas piezas por primera vez.
Entre estos instantes íntimos también hubo espacio para pequeños himnos personales como 'Together', quizá la canción de su repertorio que más se aproxima a una idea tradicional de single. Allí celebró a su manera los momentos de felicidad más intensos y fugaces que atraviesan su trayectoria artística. Con una energía contenida, sin levantarse del amplificador sobre el que pasó la mayor parte del concierto, Cassie fue mostrándose cada vez más cómoda ante el público y se permitió incluso interpretar un par de villancicos pertenecientes a ese trabajo navideño de 2013 que recogía clásicos estadounidenses envueltos en la languidez sonora que la distingue. Así llegaron 'Christmas Baby Please Come Home' y 'Rockin Around the Christmas Tree', dos piezas que transformó por completo para recordarnos que las festividades no siempre están rodeadas de un brillo inmaculado y que también existe belleza en su cara más íntima y sombría.
Para cerrar el concierto eligió 'Joy to the World'. En esta ocasión se puso en pie, tomó el micrófono y recorrió el escenario con calma, casi como si quisiese bendecir cada rincón de la sala antes del adiós. Fue un final profundamente acertado, un gesto que parecía afirmar que pese a todo todavía queda espacio para la confianza en la humanidad.
La noche terminó convertida en un pequeño tesoro. Cassie abrió su álbum de recuerdos y nos los mostró con la intensidad exacta con la que los vivió, revelando cómo la han acompañado en su camino y cómo han contribuido a su crecimiento artístico. Es, en definitiva, una creadora capaz de regresar una y otra vez a esas escenas que nos hacen sentir en casa, incluso cuando la palabra casa se vuelve esquiva y parece perder todo significado. Y esa capacidad de convertir lo frágil en un refugio es quizá lo que la hace tan única.
