Conociendo a

Star Moles



Por -

Emily Moales
Highway to Hell
El infierno cotidiano según Star Moles
Emily Moales
De las leyendas artúricas y los dragones de sótano a la épica silenciosa de las colas del supermercado. Star Moles abandona los disfraces para mirar de frente a lo cotidiano.
Star Moles publica ‘Highway to Hell’, su noveno álbum canónico, un viaje al infierno de las tardes de martes y los Burger King de cualquier calle.

A lo largo de una carrera vertiginosa construida desde el dormitorio primero y el sótano después, Emily Moales ha transitado por reinos de fantasía medieval, criaturas de pantanos distópicos y rituales de cortejo antiguos antes de decidir que el verdadero territorio inexplorado era su propia vida cotidiana. Su proyecto, Star Moles, atesoraba una necesidad casi compulsiva de enmascarar lo personal bajo capas de leyenda artúrica o ciencia ficción casera, como si lo íntimo necesitara un disfraz para volverse soportable o digno de atención. Sin embargo, la treintena se acerca y con ella una evidencia incómoda: las batallas con máquinas de bagels, los once dólares perdidos en la oficina de correos y las tardes de martes que parecen el juicio final tienen una épica silenciosa que ninguna gesta de caballeros puede igualar. Moales ha cambiado las espadas por las colas del supermercado, y el hallazgo resulta tan extrañamente liberador como desconcertante.

Star Moles

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Moales ha cambiado las espadas por las colas del supermercado, y el hallazgo resulta tan extrañamente liberador como desconcertante.

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La mudanza a Filadelfia y la consolidación de un estudio compartido con el productor Kevin Basko actuaron como catalizadores de esta transformación. En una etapa anterior, Star Moles grababa con la urgencia de quien teme aburrirse de sus propias ideas, acumulando efectos de sintetizador y coros empalagosos como si cada canción fuera el último escaparate antes del silencio. La relación con Basko, forjada en la admiración mutua y una obsesión compartida por la grabación analógica, enseñó a Moales que los silencios y los espacios vacíos funcionan como aliados esenciales del sentimiento. El paso de la inmediatez digital del GarageBand a la paciencia de la cinta magnética modificó su percepción del error: una entrada fallida o un murmullo de fondo dejaron de percibirse como manchas y pasaron a entenderse como pruebas de una honestidad que antes quedaba oculta bajo montañas de reverberación.

‘Highway to Hell’, su noveno álbum canónico, funciona como el punto de fuga de esa trayectoria. La declaración que lo precede, escrita por la propia Moales, entierra de forma explícita los discursos de dragones y reinas para abrazar un infierno de otra naturaleza: el Burger King de una calle cualquiera, un purgatorio de turnos de trabajo y relaciones que se desgastan sin estrépito. Más que una renuncia a la magia, se trata de un traslado de foco. Lo fantástico deja de situarse en castillos lejanos y pasa a residir en la capacidad de transformar a un activista callejero con chaleco en un arcángel o de convertir una camiseta puesta al revés en la armadura de una bestia torpe. Moales aplica su imaginario de siempre a un territorio más mezquino, y el resultado desprende un fulgor aceitoso, parecido al de esas manchas de gasolina que flotan sobre el agua y que ella misma describe en ‘Factory Train’.

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La artista ha aprendido que la grandeza depende menos de la magnitud del acontecimiento y más de la intensidad con que se habita la pequeña derrota.

La voz de Moales, ese instrumento que aprendió a usar sin miedo gracias a la influencia de cantantes que exploraban todo su registro sin concesiones, adquiere aquí una plasticidad distinta. Deja atrás la lógica de la pirueta vocal para centrarse en modular el desánimo con precisión, consciente de que la repetición de un día gris puede volverse épica si se narra con el tono adecuado. En ‘Control Freak’, la cantante confiesa que su pareja la hace parecer una ingenua y lo celebra como un atributo, una inversión de la vergüenza que revela su obsesión por ser vista, aunque sea en el papel de la que tropieza. Esa necesidad de ocupar un lugar en la mirada ajena, de evitar disolverse en la indiferencia, vertebra todo el disco con una coherencia que sus trabajos anteriores, más recargados, diluían a veces entre tantas referencias.

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Influencias

La relación con Basko ha madurado hasta convertirse en una sociedad simbiótica. Moales llega con maquetas que a menudo considera demasiado perfectas, y entre ambos descartan aquellas que no dejan espacio para la imperfección compartida. El estudio Historic New Jersey se ha transformado en una comuna creativa donde caben desde bandas amigas hasta colaboraciones absurdas, y ese ambiente de taller artesanal impregna cada pista. Las guitarras de Sam Sullivan aparecen en los momentos justos, como cuchilladas que rompen la monotonía sin estridencias, mientras que el bajo y el saxofón de Basko tejen una red cálida que sostiene a Moales cuando esta decide arriesgarse con confesiones incómodas sobre el control o la incapacidad para asistir a fiestas. Hay en este trabajo una paradoja fascinante: canciones sobre la insignificancia de lo diario, sobre peleas con máquinas expendedoras y viajes en tren donde alguien le roba los auriculares, y al mismo tiempo una densidad casi mitológica.

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Esa modestia radical, ese conformismo paradójico, resulta más subversiva que cualquier acto de rebeldía ensayada.

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Realismo mágico doméstico

El hecho más revelador del álbum aparece en ‘Overdog’, donde Moales canta esa necesidad de un agujero en la cabeza porque solo así podría brotar la voz. La imagen, que en otras manos resultaría macabra, se transforma en un emblema de resistencia: la herida como canal, el daño como condición para la expresión. Esa misma ambivalencia recorre todo el disco, donde la ternura y el sarcasmo se confunden hasta volverse indistinguibles. Moales se permite ser patética, ridícula, excesiva, y de esa vulnerabilidad consentida extrae una fuerza paradójica. Ya no necesita refugiarse en personajes medievales para hablar de desamor; le basta con describir la ansiedad previa a una fiesta a la que no quiere asistir. La decisión de despojar las canciones de adornos innecesarios implica una depuración de sus herramientas expresivas, lejos de cualquier retorno literal a sus primeras grabaciones.

El contexto filadelfino, esa ciudad de pasajes industriales y nieve sucia, actúa como escenario natural para estas epopeyas domésticas. Moales habla de sus habitantes como de almas en tránsito, de conductores de tren que funcionan como barqueros del Estigia moderno. La ruta hacia el infierno que da título al disco se revela como el trayecto cotidiano, la repetición de los mismos pequeños detalles hasta que adquieren una textura onírica. La artista ya no necesita evadirse de su realidad porque ha descubierto que, observada con la lente adecuada, cualquier oficina de correos puede contener tanta maravilla como la corte del Rey Arturo. Esa lección, aprendida tras años de encierro voluntario en mundos imaginarios, constituye su verdadera mayoría de edad. Al despojar a su música de los disfraces medievales, Moales ha logrado que su propia piel, con todas sus imperfecciones, resulte tan fascinante como cualquier armadura legendaria.

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Highway to Hell · 2026
mindies.es

Tratando de escribir casi siempre sobre las cosas que me gustan.