Cine

Mad Max: Fury Road

George Miller

2015

Por -

You know, hope is a mistake. If you can’t fix what’s broken, you’ll go insane.

Antes de que Mel Gibson dirigiera La Pasión de Cristo, encarnó a un prometedor policía en Mad Max: Salvajes de Autopista. Corría el año 1979, y nacía la primera de una saga de películas australianas que encontrarían su lugar en la historia del cine. En ella Max Rockatansky (Gibson), tras provocar la muerte de un vándalo llamado “El Jinete Nocturno”, se enfrentará a un grupo de moteros que destrozarán su vida. Aparece un Max que en sus inicios estaba llamado a ser el héroe del pueblo, pero reniega del título cuando pierde a su mujer e hijo a manos de la banda criminal. Los toques sádicos ya están presentes en esta primera película, donde vemos a la mascota de la familia abierta en canal, o a Ganso desfigurado por las quemaduras. Es interesante el juego que tiene con la careta del monstruo, algo que al principio se toma a broma, pero que conforme avanza la historia, acaba poniéndose, metáfora de su descenso a los infiernos. Ya aquí se dan dos elements que saldrán en Fury Road: utilizar pértigas para saltar de un vehículo a otro, y una mujer con un brazo amputado. Es curioso (y sugerente) cómo ambas, su esposa en la primera película (Joanne Samuel), y Furiosa (Charlize Therone) en la cuarta, son los personajes femeninos con los que más intimidad le hemos visto. Toda la que un personaje como Mad Max puede expresar, claro.

En la segunda entrega, Mad Max: El Guerrero de la Carretera, entramos de lleno en el mundo post-apocalíptico característico de esta saga. Es como si la primera película fuera para explicar la historia personal de Max, y a partir de esta segunda, se narran las distintas aventuras que vive en el desierto que deja un holocausto nuclear. El mundo parece que se amolda a lo que le pasa a nuestro protagonista; cuando su vida se convierte en un infierno, las ciudades son destruidas y la gente saca a relucir su peor faceta peleándose por el poco petróleo que queda disponible. A pesar de ser futurista, estamos ante un western con coches trucados en vez de caballos. Ya aquí Miller da un salto de calidad y nos cuenta una historia, que si bien es simple, está cargada de escenas de tensión, como la mítica persecución del camión. Max ayudará a una pequeña comunidad a abandonar su hogar para poder escapar de un violento grupo que no dudará en matarlos a todos para conseguir algo de gasolina, el bien más preciado. Vemos como nuestro protagonista vuelve a jugar con la máscara del monstruo, quitándosela esta vez, para salvar a todo un pueblo y cruzar el desierto en busca de una tierra prometida que no saben muy bien si existe. Una clara referencia a Moisés, que quizás iluminó a Gibson en el futuro.

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Tras estas dos entregas donde la violencia y el engaño estaban a la orden del día, Miller hace borrón y cuenta nueva y crea una entrega dirigida al público infantil, Mad Max: Más allá de la cúpula del trueno. Podríamos decir que esta película tiene dos partes; una en la que Max llega a Negociudad siguiendo la tónica de las antiguas entregas; y otra en la que cambia y parece un intento de Los Goonies.  Es difícil digerir este cambio, puesto que si bien es cierto que de la primera a la segunda película los escenarios y el propio Max son distintos, la atmósfera de decadencia y el toque de violencia permanecían intactos. Sin embargo, para los fans de la saga, esto es un acierto. Sí, no está al nivel de las otras dos, pero es como un punto y aparte. Tiene momentos memorables, y personajes especiales como el Maestro/Golpeador, o la espectacular Tina Turner, creadora de Negociudad. Un descanso para las risas en un mundo post-apocalíptico.

Treinta años después, nos llega la cuarta película, Mad Max: Fury Road. En ella cambiamos a Mel Gibson por un magnífico Tom Hardy y una implacable Charlize Theron. El ritmo de la cinta es frenético; nuestro primer suspiro se da tras casi 45 minutos de persecución y lucha. A resaltar el inicio, que bien podríamos estar ante una escena de caza en la sabana. Un coche huye mientras los cazadores le tiran lanzas explosivas para capturarlo, y llevarlo vivo a su guarida, para alimentarse de él. Pero en este caso, no se lo comen, sino que aprovechan su sangre para hacer transfusiones a los media-vida. A lo largo de la película, vemos los mismos paisajes post-apocalípticos de las anteriores películas, pero esta vez no tienen un aspecto tan desolado, sino que están cuidados a la perfección, ofreciendo escenarios muy coloridos. Mención especial a Furiosa (Theron), que es como Max pero en mujer; capaz de lo peor y de lo mejor.

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En las cuatro entregas, la gran crítica que hay de fondo, es a la sociedad. Hacia dónde nos lleva el consumo incesante de petróleo, y en lo que nos podemos llegar a convertir cuando el mundo, tal y como lo conocemos, se desvanece. Furiosa no para de buscar una tierra prometida, un lugar utópico del que poder escapar de la realidad en la que se encuentra. En esta ocasión, Miller responde a la desesperación de Theron. Si hasta ahora todo se reducía a vencer a los malos y dirigirnos a un sitio mejor, ahora, a través de Max, nos da la respuesta: no hay que escapar de la situación, sino arreglarla. Es un mensaje que le lanza tanto a Furiosa, para que vuelvan a la ciudad, como a nosotros, los espectadores. La ciudad utópica a la que queremos huir de nuestros problemas no existe por arte de magia. No es un lugar concreto, sino que debemos construirlo. Está en nosotros construirlo.

George Miller ya ha anunciado que en 2017 disfrutaremos de una nueva aventura en Mad Max: The Wasteland. Ha puesto un listón difícil de superar, pero mientras al director australiano no le dé por volver al público infantil, todo irá bien.

Enrique

Amante de la música y el buen cine. Me gustan las películas que cuentan una historia a través de pequeños detalles. Hay mil formas en las que un director expresa una idea; yo trato de averiguarlas para contártela.

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