Especial

Cosas que nunca os dije 1×03

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Esta pasada semana la estrenaba con la consulta que hacía Vida Festival sobre cuándo habría de celebrarse la edición de este año. La dirección del evento daba tres alternativas a sus clientes: celebrarse en julio de este año, en septiembre o posponerlo para el año que viene; huelga decir mi sorpresa al incluir este mismo julio en la consulta cuando aquí en Barcelona hemos vivido una restricciones de movilidad draconianas hasta hace unos días. 

A tenor de esto, me pregunto, ¿merece la pena celebrar esta edición  con unas medidas sanitarias paramilitares y con el miedo a un contagio masivo? ¿No deberíamos centrarnos ahora en un formato más reducido como ha decidido hacer Cruïlla  con pequeños conciertos durante este verano? ¿Es el formato íntimo el vehículo que necesitan las salas de conciertos para ir poco a poco abriendo sus puertas, tal y como ha hecho el club Jamboree este jueves pasado? 

Y, aunque unos estén tanteando el terreno para salvar la temporada festivalera, otros han optado por consolidar su retorno en 2021, como son los casos de Primavera Sound y Bilbao BBK Live. 

Los primeros daban un generoso avance este miércoles desvelando unos cien nombres, muchos ya confirmados para la edición de este año y que permanecen para la del que viene; y no contentos con el señuelo del cartel, hacían una oferta interesante  a su parroquia con varios “premios” a quienes no devuelvan el abono de este año: desde una camiseta y un libro hasta un suculento 10% del valor de la entrada para gastarlo en el festival. Nada mal. 

Por otra parte, BBK  anunciaba su aplazamiento para el año que viene y pegaba un puñetazo en la mesa mostrando la carta solidaria en el tablero; los bilbaínos hacían un llamamiento a su clientela para que conservaran su abono y destinar  5 euros de cada entrada vendida al grueso de autónomos que se verán perjudicados por la cancelación de la edición de este año. De esta manera, un 50% irá destinado a ellos (técnicos, transportistas, roadies) y el otro 50% irá destinado al Banco de Alimentos de Bizkaia.  

Dos maneras totalmente loables de premiar la fidelidad de su público y es que, ante esta situación excepcional, parece casi obligatorio la inclusión de gadgets para permitir la viabilidad de este tipo de  proyectos.  

Festivales a parte, esta semana el planeta pop era sacudido con el nuevo single de Rosalía, ‘TKN’ junto al rapero Travis Scott, acompañado por un efectivo video de la productora catalana Canada. Usando esta vez el reguetón como salvoconducto para conquistar el Billboard, la canción, aunque directa y con un pegadizo beat, se diluye en el mercadillo del trap, creando un tema impersonal y nada memorable. 

Volviendo a las maneras de pasar el confinamiento, en estos últimos días  he terminado  de ver la serie High Fidelity, basada en la popular novela de Nick Hornby y que disfrutó de una adaptación a la gran pantalla en el año 2000. En su nueva adaptación, Zöe Kravitz toma el papel de John Cusack , y se adueña de sus peculiares manías: su obsesión por hacer listas, su torpeza con el otro sexo y la crisis de la treintena; todo ello aderezado con magníficas canciones y un escaparte continuo de buenos vinilos. 

Pero, mientras que en la película la música es el hilo conductor, en la serie ésta queda rezagada a un segundo plano para centrarse en las relaciones (des) amorosas de la hija de Lenny Kravitz; indiscutible acierto de la serie y quien se basta de ella sola para llenar la pantalla. Con todo, la sensación general es  de producto menor al que le ha faltado algo de sal. 

No quisiera terminar la columna de hoy sin mencionar que el viernes por la noche, en pleno regocijo musical rompí la aguja del plato tras diecisiete años de servicio, y en este mundo de obsolescencia programada durar cinco lustros me parece algo a mencionar. Pero no sufráis, ya el sábado me hice con una nueva cápsula que me legitima a dar por saco (espero) varios años más. 

Hasta dentro de siete días.

Foto de portada a cargo de Paco Amate

Ruben
Ruben

Oriundo de La Línea pero barcelonés de adopción, melómano de pro, se debate entre su amor por la electrónica y el pop, asiduo a cualquier sarao música y a dejarse las yemas de los dedos en cubetas de segunda mano. Odia la palabra hipster y la gente que no calla en los conciertos.

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