Crónica

Rosalía & Refree

Patio de San Benito

09/07/2017

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Rosalía y Refree recalaban en Valladolid dentro del ciclo Las Noches de San Benito con un disco debut más que impresionante, moviéndose en esa línea donde el flamenco parece que diverge hacia apartados mucho más lejanos. Con una propuesta tan sobria como la que nos presentaron, teníamos muy claro que el concierto iba a estar marcado por una gran pasión en la interpretación de los temas, algo que se hizo presente desde que Refree hiciese sonar los primeros acordes de ‘Si Tú Supieses Compañero’. Arrancando una combinación única entre los lamentos más sinceros y la capacidad para contextualizar textos clásicos del flamenco, el concierto huyó en todo momento de la linealidad, encontrando siempre las situaciones perfectas en el que Rosalía mostrase su voz en total esplendor.

Las letras arraigadas a la tradición española fluyeron en boca de Rosalía a medio camino entre el quejido y al desesperación, mientras que Refree se escudaba de forma tímida pero oficiosa en vibrar su guitarra. Los caminos por los que ha transitado el músico barcelonés se hicieron palpables en su forma de lograr los acordes, alejándose de la tradición flamenca para mostrar un brío y ráfagas propias de sus últimos trabajos en solitario donde da el salto a un rock mucho más intenso. Por ello, la combinación de elementos ofrece un resultado que enaltece cada estrofa. Desde la delicadeza en cada punteo de ‘Nos Quedamos Solitos’ hasta los demonios desatados de ‘Por Mi Puerta No Lo Pasen’, todo ello huyendo de la exageración para abrazar más bien la libre expresión de los sentimientos punzantes.

El concierto avanzó manteniendo sus constantes de tradición puesta al servicio del virtuosismo de los músicos, encontrándonos con una Rosalía impecable en la interpretación, no solo en el apartado vocal, sino también en la forma escénica de compartir los temas. Buena muestra de ello se pudo sentir en el recitado tramo final de ‘Catalina’ o en un ‘Por Castigarme Tan Fuerte’ donde la canción se abrió de forma gloriosa hacia la plenitud del amor más pasional y de final trágico. Momentos en los que un agradecido público fue consciente de la línea que separa un espectáculo correcto de algo sobresaliente, encontrándonos sin lugar a dudas en el segundo de los casos. La velada fue llegando a su fin a su fin entre historias de revancha y vidas desoladas, resonando entre los muros del lugar un devastador “pero cuando yo me muera, que nadie vaya a llorar” para helarnos la sangre de forma definitiva.

Noé R. Rivas

Joven teleco que escribe sobre grupos guays. Woods y Jeremy Jay me molan mucho.

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