Crónica

Micah P. Hinson

Razz 2

02/11/2017

Por -

En estos tiempos de frenesí en la red y de postureo mediático, se agradece la presencia de Micah P Hinson, un tipo que llega a la sala con su maleta de cabina de avión y se pone a charlar con sus fans e incluso obsequia a algún afortunado con un vinilo que se lo dedica en un momento. Son esas pequeñas cosas. Esta vez venía sin su banda de apoyo, sólo su guitarra, y un zumo de naranja de litro que reposaba sobre una improvisada mesa al lado de su micrófono, recalcando que era  ‘zumo de naranja, nada más’. La culpa  de que lo tengamos en de la sala Razzmatazz 2 es la presentación de su último disco, The Holy Strangers (Talitres, 2017), una moderna ópera folk que narra el devenir vital de una familia en tiempos de guerra; una apuesta arriesgada que incluye spoken words, varios instrumentales y ese olor a discos de pizarra, un trabajo demodé que se verá complementado en enero con una versión digital de tres horas. 

Tras una breve presentación mientras se quitaba la chaqueta y se colocaba la guitarra, otra máquina de matar fascistas, parafraseando a Woody Guthrie, arrancó los primeros compases de ‘The great void’ y automáticamente se nos olvidó que no tenía banda de apoyo al escuchar su maravillosa voz. Una voz cavernosa, astillada, llena de esas cicatrices que él se ha procurado describir en alguna ocasión y que le otorga verdad, convicción a esas historias de redención, de zancadillas y olvido que nos lleva contando desde el magistral Micah P. Hinson and the Gospel of Progress (Sketchbook, 2004). 

En el preámbulo del concierto ya nos avisó de que prácticamente se centraría en su último trabajo, obviando algunos de los temas que le hicieron salir del desierto tejano a las procelosas aguas de un  estrellato en voz baja; no sonaron ‘Beneath the rose’, ni ‘Don´t you pt.1 & 2’, un truco o trato que aceptamos encantados.En ‘Lover´s lane’ sentimos las espuelas y el polvo pegado en la frente de Micah, montado en el caballo y seguido por los corceles fantasmas de Marty Robinson y Woody Guthrie mientras nos seducía con un country optimista hasta que desmontó y nos reunió a la hoguera para refugiarnos en su melancólico ‘Oh, Spaceman’. Con la Biblia apretada entre las manos, recitó la sentida ‘God is Good’, incluida en su trabajo de hace tres años Micah P. Hinson and the Nothing, con las cuerdas de su guitarra reverberando en toda la sala, solo, desnudo, como esas imágenes de bondage  y corpiños que ilustran las cubiertas de sus discos, convidándonos a una confesión musical que el público agradeció en todo momento con su silencio y prestando atención a cada detalle. 

A lo largo de casi hora y veinte, el músico de Memphis repasó en clave íntima y cruda algunas piezas de su repertorio, como  ‘Take off that Dress for Me’, ‘She doesn´t owe me’ o ‘The Last Song’, todas ellas preñadas de su maravilloso timbre, suficiente para dotar de cuerpo a unas composiciones a ralentí, serias y profundas a las que luego el músico les quitaba hierro cuando dedicaba unos minutos para hablar de sus hijos o del sitio anodino que le vio crecer. Para el final, un bis un tanto rácano que le sirvió para recordarnos ‘This Old Guitar’, de su álbum ‘All Dressep up and Smelling of Strangers’, pequeño portazo en la cara de quienes esperábamos algún bocado más de su interesante discografía. Con todo, siempre es un placer tenerlo por aquí, Micah.

Ruben
Ruben

Oriundo de La Línea pero barcelonés de adopción, melómano de pro, se debate entre su amor por la electrónica y el pop, asiduo a cualquier sarao música y a dejarse las yemas de los dedos en cubetas de segunda mano. Odia la palabra hipster y la gente que no calla en los conciertos.

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