Crónica

Vodafone Paredes de Coura 2018

Miércoles

15/08/2018

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El Vodafone Paredes de Coura volvió a lograr otra edición plagada de éxito tanto en la calidad mostrada por las propuestas musicales como en lo referido a las mejoras logísticas ofrecidas por la organización. Moviéndose en un volumen de público similar al año anterior, aunque sin llegar a agotar los abonos, el espacio disponible en el recinto de conciertos sufrió alguna que otra nueva distribución, contando con dos zonas de restauración y nuevos baños en la entrada del recinto. Pequeños detalles con los que un año más se consiguió reducir prácticamente al mínimo las colas en cualquier tarea que se prestase, sintiendo una vez más muy de cerca la comodidad que ofrece el evento. Todo esto no resulta algo fácil a priori, ya que lo escarpado del terreno del propio recinto de conciertos y la zona de acampada, obliga siempre a realizar auténticas maravillas a la hora de disponer los elementos sobre el mapa. Sin embargo, la buena organización volvió a relucir en el que a estas alturas es ya uno de los festivales más emblemáticos de la península ibérica, pasando las ediciones y dejándonos siempre con muchas ganas de volver.

En el plano musical, la primera jornada del festival (a excepción de los días previos de conciertos en el centro de la villa) arrancó con unos Grandfather’s House que en esta ocasión repetían en el festival pero en un escenario de mayores dimensiones como es el principal. A aquellas horas de la tarde su propuesta dream pop, por momentos de lo más angulosa, entraba a la perfección, dejando constancia de cómo sus canciones siempre esconden sombras y bastante tensión. A través de unas proyecciones de lo más espaciales, Rita Sampaio y compañía ofrecieron una buena amalgama de guitarras que tendían hacia lo crispado, logrando que las canciones se moviesen en todo momento entre esa pulsión de intentar exprimir al máximo lo dulce del apartado vocal pero sin perder la contundencia más electrizante. Dos caras bien combinadas en cada uno de los temas, haciéndonos sentir que el proyecto de los de Braga ha dado definitivamente un salto de calidad.

Cambiando completamente de tercio, Marlon Williams llegaba a Paredes siendo algo más que aquella nueva figura emergente del exótico folk rock neozelandés. El ex novio de Aldous Harding se paseó y bañó en las horas previas de su concierto en la playa fluvial de Taboão, mostrando su emoción por la naturaleza salvaje que envuelve el lugar al mismo tiempo de dedicarle unas palabras de admiración a los fados. Ya encima de las tablas, podemos decir que ofreció el concierto más sólido de la jornada, alternando su espíritu de crooner moderno y fatídico junto con su cara de cantautor roto. Con unos vaqueros pesqueros, un polo negro y un corte de pelo a modo de feriante picaresco, su presencia en el escenario se agigantaba cada vez que agarraba el micrófono y se desprendía de su guitarra. De este modo el directo tomó forma de vendaval en aquellos momentos en los que dejaba la melancolía de lado como ocurrió en ‘Party Boy’ o ‘Vampire Again’, mientras que también sabía cómo amilanarse y buscar las lágrimas entre los asistentes gracias a temas tan perfectos como ‘Nobody Gets What They Want Anymore’. Sin lugar a dudas un directo de esos que recuerdas con una sonrisa según van transcurriendo las jornadas de festival.

Linda Martini fueron los encargados de tomar el relevo de Marlon Williams ante un público mucho mayor. Siendo conscientes de cómo sus anteriores actuaciones en el festival siempre habían creado un gran revuelo, la banda apostó desde el primer momento por ofrecernos canciones enrabietadas, girando por momentos entorno a los pilares del art rock en lo referente a los ritmos. Así fue como nuevas composiciones pertenecientes a su más reciente trabajo homónimo no tardaron en caer como fue el caso de ‘Gravidade’ o ‘Boca de Sal’, provocando de forma irrefrenable la habitual polvareda en las primeras filas debido a los constantes pogos. En una noche de lo más especial para el grupo debido al fallecimiento esa misma semana del legendario artista portugués Phil Mendrix, el batería del grupo Helio Morais decidió reflejar en su batería con cinta blanca el nombre del músico. Quizás ese esfuerzo que el guitarrista siempre mostraba en cada uno de sus acordes fue lo que llevó aún más al grupo en volandas, ofreciendo un recital impecable y de lo más emocionante tanto para aquellos que fueran fans o los veían por primera vez. Temas como ‘Cem Metros Sereia’ poco a poco fueron poniendo el broche de oro al directo, dejando bien claro como Linda Martini pueden encabezar toda una jornada de festival de una forma rotunda.

Con la noche completamente cerrada, King Gizzard and the Lizard Wizard se subieron al escenario dispuestos a ofrecer su habitual derroche de energía incontrolada. Tan solo habían pasado dos ediciones de su anterior presencia en el festival, pero está claro que los australianos representan fielmente lo que viene buscando el prototipo del fan rockero en el festival, siendo de lo más frecuente pasearse por el camping y escuchar en bucle sus canciones más aceleradas. Con la habitual motivación con la que todas las bandas saltan al escenario del festival, la tormenta de cambios de ritmos y dinámicas tortuosas invadió el anfiteatro durante poco más de una hora, logrando la épica en el público pero sin alentarla desde encima del escenario más allá de limitarse a tocar como si su objetivo fuese romper las cuerdas de la guitarra. En su repertorio nos encontramos con un buen balance entre todo el frenesí discográfico mostrado en los últimos años y meses, destacando las siempre coreables ‘Cellophane’ y ‘Rattlesnake’ pero también adaptándose a los nuevos tiempos cargados de mayor misterio gracias a ‘Polygondwanaland’.

Si por algo siempre ha destacado la programación del festival es por ser capaz de aunar a bandas de géneros bastante opuestos, siempre bajo un criterio de lo más certero. Por ello la siguiente actuación de la noche giró en términos electrónicos con The Blaze, el que probablemente sea el dúo francés del momento. Con un medido juego de dos pantallas blancas localizadas en la parte frontal del escenario, que inicialmente ocultaban a los dos músicos y su aparataje, el montaje se antojaba ideal para introducirnos de lleno en sus proyecciones tan enigmáticas como sugestivas. Así fue como se alternaron las imágenes de paisajes naturales abandonados, ciudades perdidas entre los rayos del sol al atardecer o una creciente obsesión por las llamas. Midiendo muy bien los tempos del directo, no se dejaron nada en el tintero, repasando buenamente los temas conocidos que sirven como antesala a su inminente LP debut Dancehall. Discurriendo por apartados ambientales donde la sensación de un nuevo amanecer provoca una extraña sensación reconfortante, canciones como ‘Heaven’ lograron ese efecto de baile moderado, disfrutable y al mismo tiempo con un punto de nostalgia juvenil que redondeó definitivamente la propuesta.

Con todavía bastante noche por delante, llegaba uno de los momentos que teníamos marcados a fuego dentro de nuestros horarios, ya que Conan Osiris llegaba por primera vez al festival. Lo de este músico lisboeta nos fascinó desde que lo conocimos, siendo conscientes de lo único e integrador de su propuesta. Desde el fado hasta las músicas arábigas, todos estos sonidos tienen cabida en sus composiciones, consiguiendo en su directo en el escenario Vodafone FM encender al personal desde el inicio. Su concierto partió desde una especie de solemnidad que duró bien poco, pero que sirvió para asentar los aires de divinidad con los que se mueve encima del escenario. Bien escudado por su amigo y bailarín João Reis Moreira, el outfit presente a medio camino entre faraón y luchador de artes niponas, resultó perfecto para ilustrar lo poliédrico de sus influencias. Así es como nos encontramos un show movido entre lo irónico y lo reivindicativo, lo provocativo y lo transgresor, dejando que el peso por momentos residiese en los bailes esquivos y casi epilépticos de João. Mención especial merece la forma en la que el menudo bailarín se ató lo que viene a ser el cabezal de un chándal a su cintura, permaneciendo en su sitio frente a los pasos de baile casi imposibles pero totalmente espontáneos. Por supuesto no faltaron algunos de los temas con los que su legión de fans ha crecido exponencialmente en este último año como es el caso de ‘Borrego’ y ‘Celulitite’, convirtiendo sus canciones en un auténtico crédito con el que venerar culto a esta extravagante deidad.

Crónica: Henar Martínez Vega y Noé Rodríguez Rivas
Noé R. Rivas

Joven teleco que escribe sobre grupos guays. Woods y Jeremy Jay me molan mucho.

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