Crónica

Vida 2018

28/06/2018 - 30/06/2018

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Fiel a la máxima de para qué cambiar algo si funciona bien, el Vida Festival celebra su quinto aniversario reivindicando las señas de identidad que le ha hecho triunfar.

Frente a los agobios de afluencias de otros festivales, el festival vilanovense sigue apostando por un aforo sostenible, limitado a 10.000 personas por día que se traduce en poder ver las actuaciones de forma casi doméstica, sin tener que calzarse unos prismáticos para ver el cabeza de cartel de turno, ni tener que andar  kilómetros y kilómetros para llegar al escenario en cuestión. Sigue trasmitiendo esa sensación de buenrollismo, de proximidad- grupos locales a tutiplén- , de secreto (aún) guardado, lejos de murmullos en acentos extranjeros y de posados de postín, aquí sí parece importar la música. Y de qué manera.

Parte del éxito de este año ha sido combinar cabezas de carteles sin discusión alguna: St. Vincent, Franz Ferdinand, Iron & Wine  o Los Planetas con apuestas menos evidentes pero de igual valía: Hookworms –vaya pedazo de concierto se marcaron-, Josh Rouse, Calexico o apuestas patrias como Joe Crepúsculo, Mourn o Albert Pla; consolidando una magnífica línea editorial que les ha hecho agotar los abonos en tiempo récord y lo que es más importante: fidelizar a su público. Un público que busca comodidad, porque el Vida fue y sigue siendo afortunadamente un festival fácil, que huye de colas y agobios, al que contribuye  el bonito entorno de La Masia d’En Cabanyes.

No contentos con soplar las cinco velas, el viernes noche la organización adelantó una de los cabezas de cartel de la próxima edición, The Charlatans  y también nos informaba sobre la venta de abonos para el año que viene y para su nueva apuesta: el Secret Vida, una original propuesta en la que el cartel es secreto y que se celebrará a principios de diciembre en otro emplazamiento bucólico, la finca Mas Soler en Sant Pere de Ribes.

 

JUEVES

Nuestro primer contacto con el cartel fue a través del rock tex-mex de Calexico. Resultaría retietrativo referirse a ellos como un mero spin off de Giant Sand; tras casi veinte años de rodaje, el dúo de Tucson tiene motivos más que suficientes para hablar de ellos como uno de los máximos exponentes del rock fronterizo.

Si bien empezaron algo serios y reivindicativos dedicando ‘Voices in the field’ a los refugiados del mundo, y en particular a la reciente persecución que sufren los mexicanos por parte de la administración Trump, pronto viraron al ambiente desenfadado y verbenero de ‘Under the wheels’. Y a partir de aquí, todo fue una fiesta Mariachi, acompañándose de la voz de Amparo Sánchez (Amparanoia) y de Jairo Zavala (Depedro) para temas como ‘Cumbia de Dónde’, ‘Güero Canelo’ o ‘El cuarto de Tula’ con las que hicieron bailar hasta al más arrítmico y nos dejaron a todos con ganas de seguir la fiesta.

“Aunque te gusten Los Planetas como a todos los puretas, yo te quiero igual” nos cantaron Novedades Carminha nada más terminar el concierto de los Granadinos. Y sí, quizás pintemos algunas canas, pero cuando empezaron a sonar los primeros acordes de Islamabad, dejamos los años a un lado. Aunque no pudimos olvidarlos por mucho tiempo, ya que Jota nos los fue recordando constantemente anunciando las edades de las canciones que iban tocando: 20 años tiene ‘Toxicosmos’ y 25 celebra ‘Nuevas Sensaciones’. Nos hacemos mayores.

Y es que, lejos de centrarse sólo en la presentación de su último disco, Los Planetas deleitaron a sus más acérrimos fieles dejándoles corear hits como ‘Corrientes Circulares’, ‘Santos que yo te pinté’,  ‘Un buen día’ o ‘Segundo Premio’. (Aún seguimos afónicos).

Como ya hicieron en el Primavera Sound, se dejaron acompañar en el escenario, esta vez por Angelina de Apartamentos Acapulco, que salió a cantar junto a ellos ‘Espíritu Olímpico’.

Para alegría de los fans, anunciaron nuevo proyecto. Aunque para alegrías, las del incendio, que hicieron temblar la Masía d’en Cabanyes al ritmo de la batería de Eric, antes de despedirse con ‘Reunión en la cumbre’ y dejarnos a todos coreando aquello de qué podría ser mejor que estar siempre juntos tú y yo, mientras nos marchábamos ‘De viaje’ al siguiente escenario.

 

VIERNES

Digámoslo alto y claro: la actuación de St. Vincent fue uno de aquellos conciertos al que sigues acudiendo una y otra vez pasado el tiempo. Su último trabajo, Masseduction (Loma Vista, 2018) pone más sal a su álbum homónimo de cuatro  años, y se suma a una serie de trabajos al alcance de muy pocos; y esa noche el público parecía estar muy acuerdo con ello, con un lleno absoluto en el césped del escenario Estrella Damm.

Vestida con un traje naranja que recordaba a Elektra –y que ya vistió Luz Casal en su momento-, Annie Clark centró gran parte del show en el material de su nuevo disco: ‘Sugarboy’, con la que arrancó su actuación, ‘Los Ageless’, ‘Masseduction’ o ‘Savior’ todas ellas ejecutadas en los primeros momentos de la noche.

Con una puesta escénica impactante, con “androides humanos”-llamados así por ella- a la batería y al teclado y sugerentes imágenes que se proyectaban en una gran pantalla que nos hicieron pensar en la escenografía de la última gira de Kraftwerk, Clark se calzó la guitarra y los ademanes de rockera para deleitarnos con un amplio surtido de sus cinco discos.

Aparte del holgado repaso a su último plástico, no faltaron ‘Cruel’,  ‘Cheerleader’, ‘Rattlesnake’, o lo que es lo mismo: del art rock al synthpop (des) peinándose el flequillo, todas ellas sonaron prístinas y hasta feroces – en más de una ocasión Clark retorció el mástil de su guitarra cual guitar hero- e incluso rozó la música disco en ‘Slow disco’, dedicada  a la comunidad gay y lesbiana.

Para la apabullante recta final usó como prefacio una rima improvisada  sobre Barcelona con la melodía de ‘New York’ para introducir el tema en cuestión para deleite y gozo del público mayoritariamente local, a las que se unieron dos nuevas acometidas de su Masseduction, entre la que destacó una bonita y emotiva versión de ‘Happy birthday, Johnny’. Auténtica seducción para las masas.

Con la sensación de haber vivido algo grande y con la consecuente historieta de abuelo cebolleta que contaremos varias veces: “pues yo estuve allí”- replicaremos más de una vez- nos dispusimos a ver qué nos deparaba la actuación de DBFC.

Efectivos pero sin alma, perpetraron un show correcto con guiños a Cut Copy en su hit ‘Autonomic’ o  al indie pop con teclados resultones de ‘Leave my room’, a partir de ahí todo lo demás recordaba a otro grupos que saben hacerlo mejor, ejecutando una actuación correcta pero plana, principalmente por la ausencia de temas memorables.

Qué bien les ha sentado a Franz Ferdinand el hiato de cinco años; su último trabajo Always Ascending (Domino, 2018) es un retorno a la grandeza de sus dos primeros elepés, repleto de temas pegadizos y directos a la yugular, quedando atrás una época desabrida que comenzó con el flojo Tonight: Franz Ferdinand en 2009.

Conscientes de que han vivido mejores tiempos, los escoceses tiraron de hits de ayer para hacer bailar a todo el público, temazos incontestables como ‘Do you want to’, auténtica ketamina para los allí presentes, ‘Walk away’, ‘Take me out’ o ‘This fire’ les pusieron de nuevo la corona en  sus cabezas y nos hizo recordar la resaca rockera que se vivió a principio de los dosmiles, con ellos en Escocia y con Strokes en Nueva York.

Ser programados en el escenario grande donde horas antes había tocado St. Vincent, no jugó precisamente a su favor, pero aún así defendieron con eficacia algunos  nuevos temas – perfectamente escogidos, dicho sea de paso- como ‘Lazy boy’, ‘Feel the love go’ (netamente  franzferdiniano) e incluso rescataron algunos de sus trabajos “menos queridos” como ‘No you girls’ o ‘Ulysses’. Nada que objetar: allí bailó hasta el más desaborido.

Tras el subidón de los escoceses, la juerga continuó con la verbena pop de Joe Crepúsculo con una actuación irreverente y gamberra que concluyó con parte del público subido a la tarima durante ‘Mi fábrica de baile’,  perfecto preámbulo para la sesión de Guille Milkyway – un fijo del festival – que mezcló con arte y humor desde temas propios como ‘La revolución sexual’, hasta carne de discoteca de pueblo como el ‘Yo quiero bailar toda la noche’, de Sonia y Selena.

 

SÁBADO

Pocas propuestas más sugerentes que ver atardecer en compañía de las bonitas canciones de Iron & Wine. Sam Beam venía a presentar su reciente Beast epic (Sub pop, 2017) acompañado para la ocasión por teclados,  un chelo y un contrabajo que añadían profundidad y calidez a sus temas; mención especial a la batería Elizabeth Goodfellow, que añadió segundas voces y campanitas mientras no repiqueteaba las baquetas.

Si la vez anterior que lo vimos en la sala Barts, la propuesta del norteamericano fue más bien austera – léase una guitarra y poco más – para la velada del Vida optó por engalanar sus canciones con modales jazz: suaves, precisos, como en la conmovedora ‘The trapeze swinger’ o ‘Love and some verses’, incluida en una de sus mejores obras, ‘Our endless numbered days’.

‘Last night’, con ese inicio free jazz que se desempaña hasta una tierna balada mecida a base del contrabajo punzante y el delicado crepitar del chelo, fue otro de lo momentos íntimos de su actuación, vivido más intensa en las primeras filas ante el molesto murmullo de los rezagados que se incorporaban.

Y, es que a pesar de presentar un formato más propio a un pequeño club que un festival, el bueno de Sam Beam armó un excelente concierto con retazos de su última obra, como  ‘Call it dreaming’, y acudió a otros de su ya extensa discografía, ‘Woman King’ o la recurrente ‘Boy with a coin’. Al final cogió su copa de vino y nos la brindó al terminar el concierto. Maravilloso.

Al desvelar la ubicación de los artistas eché de menos no encontrarme a Josh Rouse en el escenario El Vaixell, en su lugar desarrolló su actuación en la Cabaña Jägermusic, repleta y con mucha gente acampando en la meseta que hacía las veces de anfiteatro. Es de justicia decir que el americano apadrinado en nuestras tierras, no ha tenido mucho tino en su nuevo larga duración, Love in the modern age (Yep roc, 2018), del que podríamos afirmar que es un endeble ejercicio de soft rock ochentero, pero también es cierto que  nos apetecía recordar su sugerente catálogo de canciones.

Aunque empezó precisamente con ‘Salton sea’ rápidamente se acordó de ‘It´s the nightime’ y pasó a repasar parte de su repertorio más querido, como ‘Come back (light therapy)’, del referencial “1972”.

Cosas del festival, nos dispusimos raudos a cubrir a otro de los cabezas de cartel, They Might Be Giants  y ya en el camino pudimos comprobar cómo mucha gente se quedaba en otros escenarios  en vez de acudir a ver a los norteamericanos, que daba la sensación de abrir el concierto con el aforo a medio llenar. Nada que objetar, para nosotros fue un lujo poder verlos tras tenernos olvidados en sus giras, ya lo dijeron ellos nada más salir “tenemos que venir más a Barcelona”.

Sin nada que esconder, el dúo mostró sus cartas desde minutos antes, proyectando el vídeo de ‘Walk this way’ – protagonizado a medias por Aerosmith y Run Dmc –  con la música de uno de sus temas; estaba claro que el humor iba a jugar un papel muy importante en su show. Y así fue.

Combinando éxitos de ayer y de hoy, hilaron una ristra de canciones que satisficieron al más fan; de esta manera peregrinaron por ‘Birdhouse in your soul’, ‘Your racist friend’ y ‘Whisteling in the dark’  del lejano Flood (Elektra, 1990), ‘I left my body’, ‘Mrs. Bluebeard’  o ‘All time what’ del reciente ‘I like fun’ con la parada inevitable en un clásico como  ‘Ana ng’, que a sus treinta años suena igual de lozana.

Destilaron arte y oficio, John Flansburgh y John Linnell saldaron cuentas con nuestro país desplegando su particular cartoon pop lleno de guiños a la cultura del espectáculo -hasta jugaron con el hit se Sia ‘Chandelier’- y salieron victoriosos, y para celebrarlo qué mejor manera que cerrar con su versión de ‘Istanbul’, que abrió la magnífica trompeta de Curt Ramm y que devino en un fin de fiesta de arrancar palmas y sacar polvo al albero. Magistrales.

Tras la traca final de los gigantes, en el escenario La Masía, unos cuantos curiosos se dejaban querer por el hardcore pop de Hookworms, hipervitaminando sus canciones en directo con un sonido áspero y mecánico, usando el motorik como hilo conductor y la fornida garganta de Matthew Johnson como martillo pilón.

La pólvora la prendió ‘Negative space’, contenida en el mayestático Microshift (Domino, 2018)  y partir de ahí los de Leeds prendieron el escenario con su particular reverencia a la psicodelia y al rock de colmillo afilado: gran culpa la tuvo la sección rítmica, con la doble batería de JN y  EG aporreando los parches del bombo  como diablos y el krautrock trenzado de SS y JW, como comprobamos en los enérgicos ‘Boxing day’ y ‘Radio Tokyo’. Sin duda, protagonizaron uno de los tapados del festival, merecedores de una mayor atención.

Sobre el papel, Of Montreal lo tenía todo para ofrecernos una de las mejores actuaciones del festival. Su pop díscolo y queer encajaba perfectamente en la madrugada del sábado, a pesar de venir a presentarnos uno de sus trabajos más flojos, el ramplón White is relic/ Irrealsi mood (Polyvinyl, 2018).

Con una peluca rubia rizada y  con camisa y falda, el maestro de ceremonias, Kevin Barnes, salía al escenario Estrella Damm para ofrecernos un concierto a modo de rocola humana: una sucesión de hits como si se tratara de una sesión sin cortes.

Lo dicho, de nuevo sobre el papel parece que apostáramos por el caballo ganador, pero no fue así: la sensación fue de ladrillo, de estirar el ritmo ad inifinitum con mucho valle pero poca cima, con algún chispazo momentáneo en ‘Groenladic edit’, ‘It´s different for girls’ o ‘Wraith pinned to the mist and other’ pero con mucho minuto fláccido próximo al bostezo. Una lástima, a pesar de que Barnes le puso ganas y ropa, que  hasta tres cambios de vestuario le contamos.

Para el fin de fiesta y como última postal del Vida de este año, el dj alemán Tensnake puso a baliar a todos los trasnochadores  con una sesión donde mezclaba house y ritmos que basculaban entre el funk y el sonido de los ochentas.

Nos vemos el año que viene.

Crónica a cargo de Anna Poyatos (jueves) y Rubén Acevedo Araujo (viernes y sábado)
Ruben
Ruben

Oriundo de La Línea pero barcelonés de adopción, melómano de pro, se debate entre su amor por la electrónica y el pop, asiduo a cualquier sarao música y a dejarse las yemas de los dedos en cubetas de segunda mano. Odia la palabra hipster y la gente que no calla en los conciertos.

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