Crónica

Primavera Sound 2018

31/05/2018 - 02/06/2018

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Cada año hacemos la misma broma: “hasta que no veamos a Big Jeff, el Primavera no ha empezado”, y como un santo tótem, encendemos una vela (virtual, con el móvil) cuando nos cruzamos cada año con el gigante del brazo enredado en pulseras; es la señal de que nos esperan tres días de puro frenesí, de sesiones maratonianas -literalmente-, de buena música y de echarnos a la espalda otro hatillo de conciertos memorables.

La edición de este año ha estado marcada por una mayor presencia femenina, aumentado el número de mujeres en los escenarios, así como una labor concienciadora ejemplificada por la iniciativa #nocallem; aunque resulta difícil callar ante el poderío de Lorde, la excentricidad de Björk, la irreverencia de Fever Ray o la maestría de Jane Birkin. Como cada año, este año no ha faltado la polémica, en este caso el baile de nombres que produjo la pérdida de vuelo de Migos, y el parche -¿a última hora? -de Skepta –del que se dice que incluso le fletaron un jet privado- y la sorpresa tranquila de ver de nuevo a Los Planetas tocando en el festival, con el ardor de estómago de los fans de Haim al extenderse quince minutos más de lo previsto.

Pero si hay dos palabra que este año han creado polémica, éstas han sido Amaia y el trap. La inclusión a última hora de la ganadora de la edición de este año de O.T. y represetante de España en Eurovisión incendió foros y puso en tela de juicio si todos los estilos caben bajo el paraguas del logotipo del Primavera Sound. Y, hablando de estilos, el trap también arqueó más de una ceja con las actuaciones de Young Beef -¿pero fue playback o no?- y un C. Tangana proclamándose rey a la par que le dedicaba unas “cálidas” loas a Felipe VI. Esto fue lo que dio de sí nuestro Primavera Sound. Pasen y Lean.

 

JUEVES

La actuación de los hermanos Ron y Russel Mael en el nuevo escenario Apple Music fue uno de los grande momentos del festival. Vestidos con unas chaquetas color rosa –a excepción de Ron-, Sparks repasó buena parte de sus éxitos con el delirio progresivo del público que vibró con “ The missionary position”, “When do i get to sing my way”, “At home at work at play”, e incluso calzó algunos temas de su excelente último trabajo, Hippoptamus, como “Missionary position” o “Edith Piaf ( said it better than me)”.

Durante gran parte de la actuación, los hermanos ejecutaron perfectamente sus roles. Russel, como perfecto anfitrión de la fiesta, en una forma excepcional, sonriendo y paseándose por la tarima, y Ron, con el rictus impertérrito, sentado tras su teclado, sin moverse un ápice. De pronto, mientras tocaban “The number one song in heaven”, Ron, como poseído por alguna fuerza mística se levantó, se deshizo de la corbata y empezó ejecutar un curioso baile para regocijo de los allí presentes. Uno de los grandes momentos de ese día, sin duda. Y cuando ya teníamos las palmas rojas de tanto aplaudirles, empiezan los primeros compases de “Amateur hour”, de su lejano “Kimono my house” (Island, 1974), perfecto lacito a una actuación memorable que supo a poco y que les mereció letras más grandes en el cartel.

Tras el subidón del grupo norteamericano, el concierto de The War on drugs fue una especie de revulsivo que nos alivió el tembleque de caderas que todavía teníamos. Sin ser un mal show, el escenario se le quedó grande a Adam Granduciel y los suyos, que evidenciaba una falta total de conexión con el público, como si él mismo y el propio grupo no fueran conscientes de que tenían ante ellos una (abultada) audiencia. Aun perdidos en su mundo, supieron darle cera a bonitos temas de sus dos últimos trabajos, como “Pain”, “Strangest thing”, “Nothing to find” y hacernos testigos de las buenas artes de Granduciel a las seis cuerdas, todo una estampa verlo ensimismado en su telecaster mientras el día derramaba ya los últimos rayos de sol. El apodado “Springsteen del indie” hizo una actuación de manual, bien ejecutada pero carente de alma, una actuación mecida por la agradable brisa de la tarde que quizás embelesó demasiado a su cantante.

Al terminar, mucha gente estaba ya esperando en el escenario de enfrente- el Seat- para poder contemplar en primera fila uno de los platos fuertes de todo el festival: la islandesa Björk. Tras caerse del festival hace seis años debido a un problema en sus cuerdas vocales, era hora de ajustar cuentas aprovechando la gira de su aclamado trabajo del año pasado, Utopia ( One Little Indian, 2017), una personalísima puesta a punto del folk más paisajístico y evocador, enriquecido por la mano de Alejandro Ghersi, Arca. Personalmente he de admitir que no he disfrutado ni de éste ni de su anterior trabajo, “Vulnicura”; en ese afán por epatar ha secuestrado la melodía por las texturas, y ha confundido, a mi juicio, transgredir con aburrir; por tanto, mis expectativas a nivel musical eran más bien bajas.

Ataviada con una especie de chubasquero de amapola, una máscara de inspiración floral y subida a unas plataformas, inició el setlist con “Arisen my senses” y marcó el devenir de los siguientes temas: un generoso recorrido por sus dos últimas obras, y un desprecio (casi) absoluto a todo lo anterior a 2015. Visualmente impactante, la islandesa salió al escenario rodeada de un nutrido grupo de músicos –contamos hasta seis flautistas y una arpista-además de un batería y un programador tras un laptop que insertaba el colchón rítmico diseñado por Ghersi. El escenario recreaba su particular versión de la Arcadia: un bosque colorido salpicado por ninfas y plantas extrañas, perfecto marco para sus divagaciones new age, donde desgranó buena parte de Utopia, dedicando los primero minutos a “Blissing me”, “The gate” y “Utopia” para a continuación regalarnos la maravillosa “Isobel” y casi acto seguido continuar con “Human Behaviour” tras el hiato de “Courtship”. Otro de los guiños a su glorioso pasado fue “Wanderlust”, incluido en “Volta”, último resquicio bailable ante la recta final de “Loss”, “Sue me” y “Notget”, haciendo gala de un poderío vocal excepcional que nos recordó un poco en formato y forma a lo vivido hace unos años en el mismo escenario con Antony and the Johnsons. La islandesa perpetró maravillosamente el teatro propuesto en sus dos últimas obras, posiblemente no haya mejor forma de llevar al directos su último catálogo de canciones lo que pasa es que imaginar cómo hubiera sonado “Joga”, “So broken”, “All is full of love” o “Hiden place” con esta despampanante puesta en escena solo hace deslucir lo presente.

Mientras un nutrido grupo de acólitos merodeaban ya el escenario Mango para saludar a Nick Cave y los suyos, algunos nos decantamos por ver qué nos tenía reservado Karin Drejer Andersson, alias Fever Ray. La sueca nos había visitado hacía cinco años atrás con su grupo The Knife, unespectáculo no exento de controversia al apostar claramente por el cariz visual y teatral, ofreciéndonos una actuación -¿pregrabada?- con más guiños a la danza que a un directo per sé. Estando ella de por medio, esta vez tampoco iba a ser menos: vestida como un sucedáneo de Harley Quinn, del escuadrón suicida, y acompañada por dos cantantes femeninas, también de una guisa peculiar: una en plan forzuda y otra con un disfraz inclasificable, que completaban a otras dos mujeres encargadas de la parte estrictamente musical.

Toda una celebración de pussy power, el show basculó entre partes sombrías y calmadas como “When I grow up”, “An itch” –pariendo los primeros visos de tribalismos que caracterizarían su actuación-, y “This country” en los primeros momentos sobre el escenario para después usar “To the moon and back” como portal a la parte más bailable “Idk about you” , –ritmos industriales, batucada y ruiditos orientales-, “Mama´s hand” o “Wanna sip”. Todas ellas ejecutadas entre magreos, posturas lascivas y una Dreijer que se comía el escenario insuflando carisma y ovarios a unos temas que ganaron muchísimo en directo y que no nos hizo lamentar haberle sido infieles a Cave.

El debut de Chvrches en el Primavera hace unos años fue una grata sorpresa y se confirmaban las buenas sensaciones de sus sencillos previos a la publicación de “The bones of what you believe” (Virgin, 2013). Esta vez venían a presentar su reciente Love is dead, otra excelente colección de viñetas synthpop que se alzan un peldaño por encima de su anterior “Every open eye”. Destacar cómo Lauren Mayberry ha ido ganando confianza y soltura en el escenario y esto se traduce en un sonido más contundente y sólido al que se unen una ristra de éxitos capaz de armar una verbena: “Get out”, con el que abrieron su actuación, las imperativas “Recover” y “Clearest blue” o “The mother we share”, decantando la balanza por temas de sus dos primeros trabajos.

 

VIERNES

La segunda jornada teníamos cita con Josh Tillman, más conocido como Father John Misty, que abría la letra grande del viernes. Acompañado de un nutrido grupo de músicos –entre ellos una sección de vientos y cuerdas-, el ex batería de Fleet Foxes arrancó con “Nancy from now on” y “Chatau Lobby #4”, ambas comedidas aunque maravillosamente interpretadas, alejadas de los ademanes y contoneos tan propios de él. Este inicio algo timorato fue progresivamente yendo a más, con guiños a su nuevo plástico “Mr. Tillman”-otro brillante pedrusco en su catálogo- o ”Hangout at the Gallows” hasta quitarse las telarañas con “Pure comedy, recitando cada estrofa como si de versículos se trataran, y el doblete de “I love you, honeybear” y “The ideal husband”.

De nuevo, el norteamericano se consolida como uno de los entertainers con más talento de la actualidad, que maneja perfectamente el pulso escénico y cuyo nivel compositivo- ahí queda su última obra “God´s favourite customer” para atestiguarlo – parece no tener límites. Uno de los grandes conciertos del festival.

Tras la magistral lección del dandi barbudo, The National, otro de los platos fuertes de la jornada, lo tenía difícil, aunque vinieran a presentar uno de los trabajos más aplaudidos de 2017, el maravilloso Sleep well beast. Posiblemente, los de Ohio encarnen ahora mismo como pocos el ideal de grupo rock maduro, poniendo voz a la crisis de la mediana edad, con letras incómodas y capaces de aunar épica, conatos punk- esos amagos de Matt Berninger por estampar el pie de micro- y estilo: trajes, gafas de pasta y copa de vino.

Se centraron en darle un buen repaso a su último disco del que cayeron, entre otras, “The system only dreams in total darkness”, “Walk it back” –con ese timbre crujiente de Berninger- o “Guilty Party”, lacónica, con esta tensión constreñida gracias a las baquetas de Bryan Devendorf. En el ecuador de su actuación tocaron la enérgica “Day I die”, algo fofa en materia de voz pero salvada por las guitarras de los hermanos Dressner, quizás una constante en algunos temas, y es que la voz de Berninger sonaba en ocasiones desgastada, arrastrada, aunque afortunadamente luego cogiera impulso en “Terrible love”, con todo el grupo tocando el cielo –nosotros también- repitiendo “it´s quite company”; Berninger estremeciéndose, doblándose para luego estrellar el micro contra el suelo mientras la cabalgata sonora se elevaba por todo el foso. Uno de los grandes momentos de la noche y, me apuraría a decir, de todo el festival. A pesar de la brevedad del show –tocaron hora y cuarto- el grupo de Ohio pudo sacar pecho y convencernos de que aparte de sacar disco memorables, su directo es una fiel recreación de lo que tallan en sus surcos. Vaya si sonaron bien.

Llegamos tarde al concierto de Ibeyi, básicamente por estar el escenario en las antípodas de Mordor, por lo que solo conseguimos arañar algunas canciones de su setlist. Cargadas de muy buen rollo, las hermanas ofrecieron un show minimalista en cuanto a puesta en escena, ellas dos y poco más, pero efectivo, contagiando sus ganas de fiesta, animando al público a cantar “Deathless”, repartiendo trip-hop tribal en “Oya” y sacando a La Mala Rodríguez para interpretar “Me voy”, auténtico subidón que puso a todo los allí presentes a bailar.

Como aperitivo al concierto al que asistiríamos el día siguiente, nos dejamos seducir por Charlotte Gainsbourg. Un concierto de tonos sombrío y con la muerte de su hermanastra Kate presidiendo el escenario, hecho que curiosamente se repetiría el sábado con su madre recordando la memoria de su marido. No sabemos cómo hubiera sido su actuación de no haber ocurrido dicha desgracia pero lo que presenciamos en el escenario Apple Music fue un conmovedor y elegante ejercicio de contención, con Charlotte desgranando cada nota plena de convicción y con el rictus algo compungido, melancólico.

Con una banda más que solvente y una bonita puesta en escena a bases de marcos de puertas que se iluminaban, la francesa basó gran parte de sus actuación de sus actuacipuesta en escena a bases de marcos de puertas que se iluminabanic fue un conmovedor y elegante ejercción en Rest (Because music, 2017), interpretando la intimista “Kate”, la bailable “Sylvia says” o “Deadly Valentine”, con ecos a AIR, que estiró y estiró mientras iba paseando por el escenario con su jeans y su camiseta blanca. Un triunfo.

Por cuestiones ajenas a nuestra voluntad teníamos aún pendientes de ver a Cigarettes After Sex. Sus dos últimas visitas a la ciudad condal habían completado aforo y era de justicia ver cómo Greg González defendía ese manual para corazones rotos que es su álbum homónimo. A los pocos minutos de iniciar su actuación ya vimos que el escenario Ray-Ban se le quedaba grande y, aunque contaba con la ventaja de haber sido programado a una hora idónea, pasada la media noche, el tejano no encontraba su sitio para poder hechizarnos. Su pop intimista y romántico quedó diluido y desdibujado en el anfiteatro, quizás necesitando el calor y la proximidad de la sala para acortar distancias y llegar más rápidamente al corazón. Aún así, temas como “K”, “Each time you fall in love”, “Nothing´s gonna hurt you baby” son tan buenos que aunque no te claven el filo del cuchillo hasta el mango siempre dejan cicatriz. Una pena.

Todavía me sigo preguntando si el show de Arca fue una genialidad o una tomadura de pelo. Recalco lo de show ad pedem litterae ya que más que un concierto, el venezolano nos ofreció una performance musical. Su puesta en escena es mutante, proteica, como su música, lo mismo te saca prótesis de pechos que se queda en tanga o se calza una falda de tubo, todo cabe en su mundo, como en su música, una especie de global mix de ritmos del mundo en el que suenan Camarón y Madonna, metal y reguetón, todo vale. Quienes se acercaron para escuchar su disco del año pasado pudieron sentirse decepcionados, pero pocas veces se presencian propuestas tan valientes y rompedoras como la que nos ofreció Alejandro Ghersi: una hora de ritmos mutantes, cabaré y transgresión. Grande.

 

SÁBADO

Con la Orquesta del Vallés esparcida por todo el escenario y con las manos del pianista Nobuyuki Nakajima acariciando las teclas del piano, Jane Birkin se dispuso a rendir tributo a su marido Serge Gainsbourg recreando el cancionero de “Birkin/Gainsbourg: le Symphonique”. Desde las primeras notas de “Ces petites riens” borró de un plumazo los cuarenta años que separaban la mujer septuagenaria de la casi adolescente que desembarcó en Francia y conoció al galo de tez ampulosa. Agarrando cada tema y llenándolo de cicatrices y melancolía, la británica nos regaló una soberbia interpretación de temas como “Fuir le bonheur”, “Baby alone in Babylon”-con problemas de sonido incluidos- o “Manon”; todos ellos asidos con maestría, con su voz llena de estrías, a punto de romperse, como el caliche de una pared.

Engalanados por los firmes movimientos de la batuta de James Ross, “Amour des Feintes” se desplomó en el escenario, partiendo la tarima, nos agarró con su arrebatador dolor y nos invitó a mirar al cielo, tal y como había hecho la propia Birkin momentos antes; difícil no doblegarse ante tal cantidad de sensibilidad y sobriedad. Aunque más que un catafalco sonoro, su concierto rebosó esperanza y celebración- de la vida, de “estar en frente del mar”, como aseguró ella- y dejó las piezas más animadas para el final, como “La Gadoue”, la conmovedora “La Javainese” o el pop deluxe de “L´Anamour”. La despedida, junto a sus compañeros de viaje: Ross y Nakajima cogiéndoles las manos y dando las gracias al público fue otro de los muchos detalles que nos regaló su actuación.

Todavía flotando y asimilando lo que acabábamos de ver, nos dispusimos a escuchar las nuevas canciones de la sueca Lykke Li que venía a presentar su nuevo trabajo: So sad so sexy (Rca, 2018). Aunque despachó su último sencillo nada más salir al escenario, el pegadizo “Deep end”, la sueca no supo en ningún momento conectar con el público, tampoco lo hizo su banda, apenas insuflando vida a unos temas que sonaron laxos y apagados. Daba la sensación de que el público solo estaba allí parado contando los minutos hasta que sonara “I follow rivers”, el problema es que cuando lo hizo –sin las endorfinas de la remezcla de The Magician- tampoco pasó nada y, al menos esa noche, demostró que el estudio suple magníficamente la poca actitud de la cantante. De cualquier manera, hubo algún tímido destello en “Sadness is a blessing”, “No rest for the wicked” o “Gushot”, balance un poco rácano que nos hizo recordar con acritud su paso por el festival.

En cambio, fue salir la neozelandesa Lorde y a los cuatro minutos de estar sobre el escenario se comió a la sueca de una tacada. Rebosante de carisma, vistiendo un traje de gasa que parecía que flotara sobre el fondo en negro, la millenial secuestró el escenario desde la primera canción, “Sober”, y no lo soltó en ningún momento. A cada tema, su carisma crecía y certificaba que a sus veintiún años es ya toda una estrella, y es que, a pesar de tener excelentes canciones, éstas no se menguan bajo los focos: “Homemade dynamite” olió a pólvora, “Magnets” les dobló la espina dorsal a los bailarines que le acompañaban, “Royals” sonó tórrida y exuberante y el colofón con “Green Light” sacó chispas de nuestras palmas. Todo un must, la kiwi llegó y convenció regalándonos una de las mejores actuaciones de los tres días.

Mientras, en el escenario de en frente, un nutrido grupo de cabezas se arremolinaban para saludar a los ¿cabezas del cartel? del sábado: Arctic Monkeys. Podríamos entrar en muchas diatribas acerca de las bondades o no del último plástico de los díscolos simios: el controvertido Tranquility base hotel & casino (Domino, 2018), pero lo que es indudable es su condición de verdaderas estrellas, de grupo llena estadios del que cada movimiento es seguido con el máximo interés por prensa y público. A pesar de que comenzaron con uno de sus recientes temas, el loable “Four out of five”, decidieron pasar pronto a las armas: “Brainstorm”, “I bet you look good on the dancefloor”-despachada a la tercera, eso es tener mucha confianza en tu repertorio- o “Cornerstone”; todo un señor repaso a sus grandes éxitos que no podía defraudar al fan más talibán.

Esta vez Alex Turner se olvidó la petaca – a nuestra review de los Puppets de hace unos años me remito-y cogió con seguridad y firmeza el timón de su grupo, demostrando estar en un altísimo nivel, aunque es cierto que su actuación basculó entre la euforia y la bajona de algunos de los temas que presentaban.

Sobre todo, esta sensación se hizo más evidente tras el ramillete de éxitos del tramo inicial, enganchando momentos más pausados como el que da nombre a su último trabajo, “She looks like fun”, “Batphone “ o rescatando piezas de bajo voltaje de sus otras obras “Knee socks”. Los últimos minutos los dedicaron a dibujar una sonrisa en la cara su público: sonando, entre otras, “Crying lightning”, “Do I wanna know” y “R u mine”, con la que terminaron de manera abrupta- y quince minutos antes su concierto-. Al final, su directo fue como su último disco, sabemos que es bueno pero no nos convenció del todo.

Ruben
Ruben

Oriundo de La Línea pero barcelonés de adopción, melómano de pro, se debate entre su amor por la electrónica y el pop, asiduo a cualquier sarao música y a dejarse las yemas de los dedos en cubetas de segunda mano. Odia la palabra hipster y la gente que no calla en los conciertos.

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