Crónica

Cruïlla 2018

12/07/2018 - 14/07/2018

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La novena edición del Cruïlla cierra con una asistencia de 57.00 personas, manteniendo el mismo número que el año pasado, aún a pesar de contar esta vez con un cartel menos mediático y carente del gancho de la anterior edición.

Este año se ha prescindido de la jornada del domingo y en su lugar han añadido la inaugural del jueves con el principal reclamo de Jack White como cabeza de cartel. Otras novedades han sido la inclusión de nuevas propuestas culturales como el Aquelarre de Cervera, que cumple 40 años de actividad, o el espectacular show de La Fura del Baus, en el que una red humana formada por discapacitados y personas que padecen alguna enfermedad mental era sostenida por una enorme grúa.

Apostando por su línea medioambiental y social, este año el festival se ha sumado a la campaña #nocallem, impulsada por el Ayuntamiento de Barcelona, contra el acoso sexual y han optado por prescindir del vaso de plástico tradicional a favor de uno biodegradable hecho con maíz. El matiz político ha venido este año protagonizado de manera indirecta por la aparición de pegatinas en varios lugares del recinto en las que se podía leer: ‘Mr. Valtonyc, wish you were here’, en clara alusión al comprometido estado del rapero, refugiado en Bélgica so pena de cárcel.


Más vistosa ha sido la reivindicación de Tom Morello, el ex-Rage Against the machine, quien incluyó en el dorso la frase: ‘Catalunya lliure’, todo un guiño a la votación del polémico referéndum del 1 de Octubre. Casualmente, al día siguiente, David Byrne nos animaba desde el escenario a votar, con algunas risas sarcásticas por parte del público.

El no haber colgado el sold out este año ningún día ha hecho que la experiencia sea más cómoda respecto al anterior e incluso, en algunos momentos, daba la sensación de cierto pinchazo en la jornada del jueves, con la explanada del concierto de Jack White transitable a pesar de ser uno de los grandes reclamos del festival.

En cuanto al propio cartel, como ya hemos apuntado antes, aún a pesar de contar con nombres de indudable peso – Gilberto Gil, Prophets of Rage, David Byrne-ha quedado algo desangelado en algunas franjas horarias, conduciendo a un peregrinaje por escenarios sin un vencedor claro. Dicho esto, no podríamos dejar de valorar el atino de la organización en programar las actuaciones principales en un horario amable y dejar las de linaje más electrónico y festivalero a las altas horas de la madrugada.

Con todo, no podemos dejar de aplaudir las maravillosas actuaciones de David Byrne, la entrañable tropicalia de Gilberto Gil, el hip-hop orgánico de The Roots o el crossover nostálgico de The Prophets or Rage. Pasen y lean.

Jueves

La jornada del jueves fue breve y parca en nombres. El cartel quedaba conformado por el sexagenario Seasick Steve, el polifacético Bunbury y uno de los nombres más esperados de esta edición: Jack White.

Aunque se le resista todavía parir una obra redonda, es indudable el magnetismo que despierta el ex White Stripes, ya sea por el apego a la nostalgia a su banda madre o los certeros hits que siempre desperdiga en sus trabajos, amén de poseer un endiablado pulso a las seis cuerdas y un sentido del directo superlativo.

Esta vez nos visitaba para presentarnos Boarding house beach, publicado bajo su propio sello: Third man Records. Como en sus dos anteriores trabajos, el muy granuja saca dos ganchos sin contestación: ‘Corporation’ y ‘Over and over and over’ y nos noquea aunque luego el grueso de los temas nos dejen en muchas ocasiones indiferentes.

No es un secreto que los White Stripes siempre mostraron una cierta sensibilidad para el arte- no en vano uno de sus primeras obras alude al movimiento holandés De Stijl- y que si se repasan las cubiertas del dúo verán una especial querencia por los tonos rojos, blancos y negros, en alusión directa al corpus artístico de dicha escuela.

En solitario, por el contrario, White ha optado por refugiarse en un período azul que incluso le lleva a forrar de dicho color el escenario de Estrella Damm y de vestir con el mismo tono a todos los integrantes de su banda, que, por cierto, contaba con Carla Azar (Autolux) a la batería y con Quincy McCrary ( Unknown Mortal Orchestra) a los teclados.

El show se nutrió a partes iguales de temas propios y de su anterior banda, todos ellos interpretados con muchísima energía y apenas sin tregua.

A los pocos minutos de ‘Over and over and over’ el reverberar de unos graves pasados de decibelios nos mostró la senda de la restante hora y pico: un torrente de sonido sin control. Así, muchas de las bazas de su setlist quedaron arrinconadas sin poder lucir las florituras de ‘Hotel Yorba’, ‘The Hardest Button to Button’, ‘Black math’, y quedando la garganta de White escondida detrás del infranqueable armazón rítmico que estaba desplegando la banda.

Aún así, hubo muchas alegrías, desde el estupendo paseo por buena parte de todos sus proyectos-incluso se acordó de ‘Steady, as she goes’, de the Raconteurs- hasta sus arranques de guitar hero, y, ante todo, por dar la sensación de que no se había guardado nada para la noche: un Jack White en todo su esplendor.

Para el final, añadió alguna muesca más de su último trabajo, ‘Respect Commander’, tras una bluesera ‘Would you fight for my love’ y una maravillosa ‘Sixteen saltines’; no hubo bises, pero es que cuando liquidó ‘Seven Nation Army’ le gente estaba tan feliz que ni protestó.

Viernes

Quien se hubiera acercado a echar un vistazo al escenario Time out pasadas las nueve y media de la noche se habría hecho la misma pregunta que nosotros: ¿Y dónde está Gilberto Gil? Porque si bien la actuación de la noche tenía como motivo conmemorar el cuarenta aniversario de su álbum Refavela junto a sus amigos y familiares, allí estaban todos menos él.

Su lugar fue tomado con maestría y poderío por la cantante caboverdiana Mayra Andrade en los primeros minutos de la noche para después pasar a hacer coros y complementar la garganta del brasileño.

Más que una conmemoración, aquello fue una quedada con amigos, reuniéndose para reivindicar la importancia del susodicho disco en la maduración del sonido tropicalista, con momentos de auténtico jolgorio carioca e incluso con tiempo para reivindicar la bonita balada ‘Aquí i agora’. Una maravillosa tourné por Brasil-Cabo verde- Nigeria- Jamaica, con versión incluida de ‘Everything is gonna be alright’.

En un principio, la idea de asistir al concierto de Prophets of Rage me daba cierta pereza, no solo por traer bajo el brazo un trabajo que aporta bien poco a la tremenda carrera de los implicados-ya saben: RATM, Public Enemy y Cypress Hill- sino porque no sabía hasta que punto estaba justificado este revisionismo.

Ya desde los primeros momentos, más que un grupo como tal, en su directo mutan en una especie de banda de versiones de sus anteriores grupos madres; con contadas alusiones a su álbum homónimo editado el año pasado.

Podríamos pues, ponerles zancadillas y sacarles mil defectos a su propuesta, pero cuando sonó ‘Fight the power back’ sabíamos que íbamos a estar ante uno de los conciertos del año: un auténtico revival noventas para todos aquellos que en su juventud vestimos la ‘camiseta de las monjas’ de RATM o alucinábamos con el enorme reloj que le colgaba del cuello a Flavor Flav.

A partir de ahí, la locura: en un medley encadenaron de un solo golpe ‘Insane in the brain/ Bring the noise/ I Ain´t going out like that/ Welcome to the terrordrome’, una auténtica salvajada, mientras los pogos se encendían por doquier y la gente saltaba y se empujaba como posesos.

Sin descanso, Brad Wilk aporreaba las baquetas iniciando el trote desbocado de ‘Guerrilla radio’ para culminar un primer bloque de infarto con ‘Living on the 110’ y ‘Bullet in the head’ que no hizo más que echar gasolina a todos los que nos estábamos chocando unos con otros.

Menos mal que luego Chuck D cedió protagonismo a B-Real quien se marcó todo un alegato de la maría en ‘Yo quiero fumar’, o más bien para coger aire para lo que se nos venía encima, con versiones de ‘Jump round’ de House of Pain y nuevas incursiones en el catátalo de Rage Against the Machine, entre las que no podía faltar ‘KIlling in the name’.

Magnífico concierto, repleto de nostalgia pero también de excelentes interpretaciones, el único pero -sí, permítanmelo- es tener la sensación en muchas ocasiones de estar ante un grupo de Tom Morello & friends, y es que su guitarra tiene tanta personalidad que acaba sonando todo a ella.

Atrás quedaron los años en los que Lori Meyers salían al escenario trajeados. Ahora ya no lo necesitan, el señorío no se lo da la corbata sino los veinte años de carrera que están celebrando y que repasaron en su concierto del viernes. Aunque lejos de ponerse nostálgicos, en los primeros minutos de concierto despacharon las viejas glorias como ‘Luces de Neón’, ‘Luciérnagas y Mariposas’ o ‘Tokio ya no nos quiere ‘(¿Por qué nadie se la sabía? ¿cuándo dejó de ser un hit?) para después centrarse en sus últimos discos y hacer saltar a los que no pintan canas con ‘Emborracharme’, ‘Mi Realidad’, ‘Pierdo el control’ o ‘Siempre brilla el sol’. Eso sí, si algo se les puede reconocer, es que saben adaptarse a la demanda.

Actitud no les faltó, aunque el sonido del escenario Time Out no ayudara, haciendo que la voz de Noni se diluyera entre las guitarras y la batería, pero les sobraron ganas y, al final, nos contentaron a todos (nostálgicos y jovenzuelos) con su Alta Fidelidad. Todo esto es culpa de la gente.

Por su parte, The Last Internationale nos invitaban a su garage rock desde la tarima del escenario Radio 3. Comandados por la carismática Delila Paz, ellos se definen como un ‘grupo rockero de izquierdas’ y han contado con el beneplácito de Brad Wilk para la grabación de su álbum de debut We will reign.

Sin menospreciar canciones como ‘1968’ o ‘Killing fields’, la verdadera estrella esa noche fue la maravillosa versión que hicieron de ‘A change is gonna come’ de Sam Cooke con la cantante saliendo al encuentro del público, que la recibió literalmente con los brazos abiertos.

Tras su actuación nos pusimos de camino al escenario Estrella Damm para ver qué nos ofrecía Kygo, que nos saludaba desde su torre de marfil -una plataforma de unos dos metros que se erigía sobre el escenario- acompañado por unos espectaculares visuales y cañones de humo y confeti.

Es muy fácil verle el cartón a su propuesta: tras toda esta parafernalia circense quedaba una consola y su gorra hacia atrás, eso y un puñado de temas de EDM para todos los públicos con todo pregrabado, sin ninguna cantante o un músico de verdad. Aún así, el público acogió cada golpe de botón como un verdadero himno, y el noruego supo aprovechar esta situación para ‘interpretar’ temas tan conocidos como ‘Firestone’ o ‘Remind me to forget’ ante una embelesada cohorte que apenas asomaban barba.

Si el show de Kygo nos dejó frío, la propuesta de Bomba Estéreo subió la temperatura a todos aquellos rezagados que seguían todavía rondando por el recinto.

Parte de la culpa fue de su cantante, Li Saumet, un magnífico crossover entre King África y las facciones rasgadas de Björk, que ejerció de perfecta anfitriona de la noche con su pop vestido de trap y que nos puso a todos a bailar entre colores chillones y abrigos de oso polar. Sin duda, uno de los grandes aciertos de toda la jornada.

Sábado

Se veía venir. Las imágenes de la gira de presentación del nuevo disco de David Byrne nos hacía presagiar lo mejor: un retorno a la espectacularidad y al ingenio de ‘Stop making sense’, por lo que nuestras expectativas era bastantes altas. Y no nos defraudó.

Su show fue una mezcla de ballet, concierto de rock y performance con doce personas en escena; con los instrumentos sujetos al cuerpo por arneses, lo que le permitía añadir una nueva dimensión al no verse limitado al propio anclaje del aparato y con unas cortinas que caían en hilos metálicos como escueta decoración y que interactuaban mediante distintos colores como un ente sintiente.

El ex Talking Head jugó con esa libertad escénica para desarrollar una propuesta imaginativa y dinámica: recortando la distancia entre público y artista, equiparando artista y músicos a través del uniforme, el traje gris, pintando una suerte de world music a dos niveles: musical y carnal, de pieles oscuras y claras y cabezas rojas y rizadas, blancas y calvas.

Un concierto que abrazó viejos temas de Talking Heads y suyos propios, todo ellos tamizados y enriquecidos por coreografías y timbales en una hora y media de verdadero art-rock.

No quedó nadie insatisfecho; desde los puristas de los Talking Heads con generosas raciones de ‘I zimbra’ –esa guitarra inicial que llamaba a las puertas de la New Age- , pasando por las filigranas pop de ‘Once in a lifetime’ o ‘Burning down the house’, curiosamente popularizad hace unos años por Tom Jones y The Cardigans.

A destacar la buena salud compositiva del norteamericano como demuestran los estupendas ‘Everyboy´s coming to my house’ o ‘Everyday is a miracle’, incluidas en sus reciente American utopia, a las que sumó su colaboración con X-Press 2 o la apropiación del tema de Janelle Monaé, ‘Hell you Talmbout’, para cerrar una actuación maravillosa.

Gracias a con un aforo sin completar, la jornada del sábado fue de las más cómodas y pudimos ver holgadamente la actuación de The Roots.

Aunque sea un privilegio tener a la banda de Filadelfia por aquí y sacarla del escenario de Jimmy Fallon, lo cierto es que su propuesta no terminó de cuajar del todo. Con un hip-hop imbuido de soul enriquecido por notables músicos que tiñeron su sonido de organicidad y telurismo, alternaron versiones -’Sweet child o´mine’, ‘Move on up’- con clásicos de su repertorio como ‘Break you off’, ‘You got me’ o ‘Can you dig it’. En ese camino que va desde la delicadeza a la reiteración, la banda pecó en ocasiones de alargar los temas y recrearse en exhibicionismos innecesarios que le restaron intensidad a su actuación.

A los que les quedaron ganas de bailar después de The Roots (a mí sí que me gustaron), encontraron su sitio en el escenario Radio 3. Enfundados en sus uniformes de trabajo (Camiseta blanca de camionero), los chicos de La M.O.D.A salieron a defender su pop-folk en el Cruïlla, y lo consiguieron. Con una actitud impecable y un sonido más que contundente, los burgaleses no sólo presentaron su último LP Salvavida (de las Balas Perdidas) sino que hicieron un repaso a sus últimos discos. Con sus peculiares melodías que nos teletransportan a las fiestas de pueblo, nos hicieron saltar y bailar hasta quemar las suelas y sentirnos por un rato Los héroes del sábado. Y en esto estamos de acuerdo.

Aunque el inicio del show de Justice fue prometedor, despachando en solo unos minutos ‘Safe and sound’, ‘Phantom’, ‘Genesis’ e incluso ‘Dance’, poco a poco entraron en una zona de confort, con el piloto automático puesto donde, desfilaron sin pena ni gloria el arrabio de sus elepés, y no es porque sea material de desecho, ni mucho menos – ahí estuvieron ‘Alakazam’ y ‘Waters of Nazareth’, entre otras- sino por su anodina ejecución.

Y es que al dúo parisino le pedimos no más cafeína pero sí más sabor, y, por supuesto que no rellenaran los últimos minutos acudiendo de nuevo a temas que ya habían sonado antes ni escenificando un eterno mannequin challenge que dejó a más de uno precisamente así, congelado.

En contraposición, Orbital fue de menos a más, y es que al público, la mayoría lozano y sin patas de gallo, le costó entrar en la electrónica noventera de los hermanos Hartnoll.

Sin embargo, a pesar de la reticencia inicial, fueron capaces de poner a bailar a todos los que se decidieron a cerrar esta edición del Cruïlla en una improvisada rave con clásicos como ‘Satan’ y ‘The box’ y certificando que se nos viene otro disco importante con los singles ‘P.H.U.K.’ y ‘Tiny foldable cities’; todos ellos vestidos por un certero show de luces y unos efectivos visuales. Nos vemos el año que viene.


Crónica a cargo de Rubén Acevedo y Anna Poyatos
Ruben
Ruben

Oriundo de La Línea pero barcelonés de adopción, melómano de pro, se debate entre su amor por la electrónica y el pop, asiduo a cualquier sarao música y a dejarse las yemas de los dedos en cubetas de segunda mano. Odia la palabra hipster y la gente que no calla en los conciertos.

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