Crónica

Absolut Manifesto 2020

31/01/2020

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Volvió el Absolut Manifesto, evento cultural transversal organizado por la marca de vodka y que aúna música, performance y arte en un mismo lugar: el Pabellón Satélite Casa de Campo. Volvió por todo lo alto, con un todo vendido y un cartel de lo más atractivo, protagonizado por componentes activistas del colectivo LGTB y propuestas urbanas de lo más interesante en el panorama actual.

Abrió la noche Chico Blanco, joven artista cuya propuesta peculiar —algo único entre la música urbana, el rap, el pop y la electrónica más noventera— encendió los ánimos con canciones que ya son todo un himno entre los jóvenes. La puesta en escena desnuda y el carisma a niveles altísimos, Pablo Cobo —el nombre de nacimiento de este joven artista— conectó con el público sin el menor esfuerzo. El disfrute era visible en la cara de los que allí nos reunimos, sus cuerpos fundidos en las melodías de canciones in crescendo como ‘Tech Love (Otra Vez)’, ‘Gominola’ o la más esperada y coreada, ‘WTF Is In My Cup’.

Ente una actuación y otra se encargaban de mantener los ánimos encendidos dj’s como Topanga Kiddo e Ines. La primera con un recorrido muy entretenido, pero talvez poco claro y lineal. La segunda, por su parte, se lució en una pinchada que repasó desde la rave noventera hasta pc music o la música electrónica de internet más actual.

Para cuando Yves Tumor pisó el escenario principal, la expectación estaba por las nubes. Corría el rumor de que su vuelo había tenido algún problema y no llegaría a tiempo, pero no solo no fue así, sino que incluso actuó antes de lo previsto, anticipándose a Mykki Blanco. Ataviado en una vestimenta nada sorprendentemente queer, Yves Tumor hizo su aparición y puso no poco esfuerzo en conectar con el público: bajándose y paseando un buen rato por el foso, saludando a sus admiradores como una reina o el mismísimo papa. Pero nada sirvió y el público se quedó visiblemente decepcionado por una actuación que esperaba más bien performática y que resultó decepcionante incluso cuando el artista cantó dos de los temas más esperados por los allí reunidos: su buque insignia ‘Licking An Orchid’ y la nostálgica ‘Lifetime’.

Resulta extraño y un poco triste tener que reconocer que, mirándose una alrededor, no podía detectar el frenesí que cabe esperar de una noche como la que Absolut nos había organizado. Pero algo, algo que no depende de ellos en absoluto, falló. Se respiraba más bien un aroma a decepción y, a ratos, hasta de aburrimiento. Por suerte de todos, Mykki Blanco llegó para comerse el escenario y la noche.

El estadounidense arrancó su actuación pisando fuerte, con una declaración de intenciones que no dejaba lugar a la más mínima duda: se bajó del escenario, se abrió paso entre el público y allí se quedó un buen rato, derrochando vitalidad y éxtasis. Entre ‘Wish You Would’, ‘Haze.Boogie.Life’. o ‘I’m In a Mood’, el pionero del queer rap se subió a cualquier punto elevado que encontró por su camino, ya fuera la mesa de mezclas o la barra de Absolut. Cerró el espectáculo —porque otra manera de llamarlo no se me ocurre— envuelto en la macrobandera de Absolut, otra vez entre el público, corriendo y arrastrando un cubo de basura, desquiciado y poseído por una energía que finalmente alguien supo transmitir.

Un evento excelente en su planteamiento, aunque todavía algo lejos de convertirse en el blasón de la transversalidad del arte urbano interdisciplinario que quiere y va camino de ser.

Crónica a cargo de Rob Simeoni
Redacción Mindies
Redacción Mindies

Los miembros de la redacción de Mindies amamos la música por encima de todas las cosas.

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