Crónica

Vampire Weekend

Razzmatazz

24/11/2019

Por -

Si se nos hicieron largos los seis años que transcurrieron entre su última obra y el flamante Father of the Bridge (Columbia, 2019), la espera por verles aparecer por Barcelona se nos ha hecho eterna. La última vez, venían a presentarnos Contra, su segundo largo, que terminaría alejándolos del hype estacional aunque estaban todavía lejos de encabezar grandes festivales y de ostentar – ahora ya sí- la condición de nuevos clásicos modernos.

Muchas cosas han cambiado desde entonces y así nos lo recordaron ellos desde su aparición en la sala grande de Razzmatazz: Rostam, sin ocupar ninguna tabla del escenario, sección rítmica vitaminada (dos baterías) y un nuevo guitarrista, el virtuoso Brian Roberts- quien convulsionó su pelo de esponja a golpe de tremendos riffs-, amén del núcleo compositivo de Ezra Koning – con sus pintas de adolescente pijo -y Chris Baio.

Esa luna de miel con la ciudad condal se materializó en dos horas y cuarto donde prácticamente repasaron todos sus clásicos e incluso se apropiaron de algún otro (‘I´m going down’ de Bruce Springsteen o ‘Son of a preacher man’, de Dusty Springfield’). Una primera hora y cuarto de casi tres estrellas Michelin desde la incial ‘Flower Moon’ – expandida, delicada, mecida a ritmo de bossa nova- hasta el triplete de clásicos – ‘Diane Young’, ‘Cousins’ y ‘A-Punk’ que percutieron en la abarrotada nave principal del Razzmatazz.

No tardaron en sacar a pasear sus temas más infalibles – en perjuicio de unos bises algo fofos- por lo que los primeros minutos de su show fueron una absoluta exhumación de clásicos como ‘Cape Cod Kwassa Kwassa’ o ‘Unbelievers’, aunque también sus nuevas piezas encontraron su lugar, ‘Bambina’ o la bonita ‘This life’.

El grupo, conscientes de su acogida, derrochó actitud y sonido, un sonido que buscó en la musculosa alineación –hasta siete músicos en total- expandir y mejorar la recreación de su catálogo al directo, si bien algunos recursos los podrían haber dejado en casa: ‘Diplomat son’ nos saludó con un bostezo y el impostado solo de Brian Robert Jones en ‘Sunflower’ desdibujó el tema.

Su nuevo trabajo, protagonista de la noche, muestra desde la tapa ese concepto global que esconden sus dieciocho piezas: un mapamundi de sonidos que abraza diferentes rincones y que expande el pop de la jungla de los vampiros; con sus lastres, hay que decirlo. Porque su traslación al directo también pecó de cierta inconcreción, ejecuciones enfangadas: ‘2021’, ‘California english’ o ‘Big blue’, que rebajaron la diástole hasta reconectar con Ezra Koening personificado como Paul Simon del indie en ‘Oxford Comma’.

Pero, reveses aparte, nos emocionamos con el jaleo flamenco de ‘Sympathy’, el single perfecto de ‘Holyday’, los emotivos arrumacos de ‘Harmony Hall’ o una de sus mejores composiciones ‘Step’, interpretada a medias con el público. Pueden irse tranquilos, hemos hecho las paces con ellos.

Ruben
Ruben

Oriundo de La Línea pero barcelonés de adopción, melómano de pro, se debate entre su amor por la electrónica y el pop, asiduo a cualquier sarao música y a dejarse las yemas de los dedos en cubetas de segunda mano. Odia la palabra hipster y la gente que no calla en los conciertos.

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