Crónica

Dorian Wood

Berlín

18/10/2014

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Un concierto de Dorian Wood es mucho más que un directo. Es algo que trasciende más allá de lo musical y lo teatral, entrando en juego una bocanada de sentimientos desatados con su música. Algo así es lo que pudimos comprobar el pasado sábado en la Sala Berlín, donde el músico acompañado por Marcos Junquera, Xavi Muñoz, Alexander Noice y Leah Haarmon, hurgó en todas nuestras heridas emocionales, haciéndonos partícipes del duro contenido de sus canciones y al mismo tiempo ofreciéndonos una experiencia evasiva. Un músico en estado de gracia que no esconde ante nadie sus pensamientos y logra hacernos caer en sus directos en ese punto perfecto entre la reflexión y el disfrute.

Arrancando el concierto con ‘Hpssos/A Gospel of Elephants’, empezó a dibujar las misteriosas y apagadas tonalidades por las que nos moveríamos a lo largo de la noche. Un juego de sombras entre las que la voz de Dorian emerge de forma contundente pero conservando el tono delicado, sintiendo en cada momento como el artista deja que cada canción y todo lo que conlleva su interpretación, brote por su cuerpo. Ante la imposibilidad de contar con toda la abundante instrumentación que aparece en sus trabajos, Dorian y su banda decidieron desvestir algunos temas y dotarlos de una extraordinaria intimidad. Este fue el caso de ‘La Cara Infinita’, tema en el que desaparecieron los matices de música latina para dejar paso a una interpretación igual de cáustica pero mucho más recogida.

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A medida que avanzaba el concierto, los rostros del público fueron desarrollando expresiones pensativas, con su mirada atenta en el escenario pero con la impresión de estar realizando un viaje muy remoto hacia su interior. Los diálogos de Dorian también contribuían a que ese momento de agradable y profunda reflexión también se extendiese a lo largo de la noche. Recordándonos que la vida es en todo momento triste, cada una de sus canciones caía ante nosotros de una forma serena pero impactante. El caso más llamativo seguramente fuese el de ‘Titsy’, canción de su último EP que sin grandes alardes contiene una sobria pero embaucadora melodía. Acercándose aún más a ese lado dramático de su música, en el que estas más cerca que nunca de romper a llorar, apareció la hermosa ‘Glassellalia’ donde las voces de Dorian y Leah nos sumergieron en un entumecimiento en el que nos hubiese gustado permanecer durante mucho tiempo.

La velada iba llegando a su fin con un Dorian de rostro compungido y muy emocionado por todo el calor recibido. No faltaron tampoco conversaciones sobre homosexualidad y la figura de su padre, demostrándonos que aunque sus canciones sean en la gran mayoría de sus casos muy tenebrosas, es un hombre que no rechaza el optimismo y sabe encontrar el lado bueno a las cosas. Los compases finales del concierto iban a llegar marcados por la combinación total de los agudos acordes de ‘Americana’ y la atmósfera destructiva y al mismo tiempo liberadora de ‘Pearline’. Alcanzando el clímax de la noche, encogiéndonos todas nuestras entrañas con cada estrofa y entregando toda nuestra admiración al músico, llegó el final del concierto a falta de los bises. Unos bises que llegaron de la mano de la desmesura, la fiesta pagana y los gemidos estruendosos de ‘Down, The Dirty Roof’ para después decelerarnos a todos y rendir un bonito homenaje a Gustavo Cerati.

Una noche que supuso adentrarse en todas las caras del músico y todas las versiones que guardamos de nosotros mismos en nuestro interior, alcanzando la empatía total entre el músico y el público y viceversa, algo prácticamente imposible de lograr en un concierto. Dorian nos iluminó y reconfortó con canciones sombrías, una verdadera antítesis que sin embargo no desconcertó a nadie.

Crónica y fotografías a cargo de Noé Rodríguez Rivas
Noé R. Rivas

Joven teleco que escribe sobre grupos guays. Woods y Jeremy Jay me molan mucho.

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